Adolescente cubano prisionero político envía una carta a Farruko y le pide cuente su odisea en una cárcel del régimen/Imágenes tomadas de redes sociales

Jonathan Torres Farrat, un adolescente cubano de 17 años, que desde agosto pasado está en una cárcel del régimen, tras manifestarse el pasado 11 de julio, decidió enviarle una misiva a su artista favorito, el reguetonero boricua Farruko, para que cuente la odisea que le ha tocado vivir en la Isla por reclamar libertad.


Torres Farrat ha sido cruelmente tratado en prisión, pese a los múltiples problemas de salud que padece, y lo cuenta casi todo en la carta, en la que le pide al cantante que sea «su padrino» y que divulgue su historia.

Su madre, Bárbara Farrat Guillén, quien ha protagonizado huelgas de hambre, exigiendo la libertad de su hijo, hace algunas semanas fue amenazada con la integridad del menor que se encuentra en las garras de la dictadura.

Sin embargo, ella asegura seguirá luchando por la libertad de Jonathan, porque cuando «le quitaron a su hijo le quitaron el miedo».

A continuación tomada de CubaNet, la misiva que Jonathan Torres Farrat escribió al puertorriqueño:

Para Farruko:


El 13 de agosto me levanté temprano, cogí el teléfono y salí a trabajar. Cuando viré estaba una patrulla casi en la puerta de la casa y no pensé que era para mí, pero cuando subí las escaleras de mi casa estaban dos hombres parados. Me preguntaron si yo era Jonathan. Yo respondí que sí y me enseñaron unos carnes del DTI. Yo lo único que le dije a ellos fue que si podía subir a mi cuarto a ponerme los zapatos porque yo andaba en chancletas. Subí, me puse los zapatos entré y mi mamá empezó a llorar.

Ella le pregunto a esa gente que si eso era rápido y dijeron que sí. Me despedí de mi abuela, de mi mujer, que en ese tiempo estaba embarazada, y le di la bendición a mi mamá. Baje las escaleras y me montaron en la patrulla y me llevaron al DTI de Acosta. Me enseñaron unos vídeos. Yo decía que ese no era yo y ellos insultados. Yo estaba sin esposas y me pusieron las esposas y me las apretaron durísimo. Yo estaba sentado y decía que ese no era yo y me empujaron cuando estaba sentado, me esposaron y me colgaron en la reja en puntillas de pie. Cada vez que me movía y le daba a la reja las esposas se apretaban cada vez más. Me montaron en la patrulla y me llevaron para la estación de policía de Aguilera. Vi a mi mamá y ella empezó a llorar le di un besito y me subieron. Después de un rato me bajaron para la celda, entregué todo lo que tenía arriba y me metieron en la celda. Después de estar un día allí todos los que estaban en la celda se fueron y me quedé solo.

Esa noche me pasaron para otra celda y llegó un amigo mío que es como si fuera mi hermano y estuve en la celda con él. Venía por lo mismo que yo. Ese día por la noche empezamos a llamar al guardia y no venían; gritábamos y no venían; hasta que vinieron y se hicieron los bravos se molestaron porque los habíamos llamado. Ese día parece que no había agua. No nos bañamos. Al otro día empecé a llamar al guardia para haber si podía habla con mi mamá para que supiera de mí, para que no se preocupara. No pude llamarla. Empecé a dar bateó y me sacaron de esa celda a mí y a él y nos pusieron en otra. Ese día no me dieron el colchón para dormir.

Por la mañana tenía dolor hasta en los dientes de no lavarme la boca y dolor en el cuerpo de dormir en el cemento pelado. Después, al otro día, o creo que ese día, me llevaron para el técnico de Acosta. El primer día de Acosta estuve bien, nada más que el día que se para un guardia delante de mí y me dijo, así mismo: “¿Tú quiere ver como te doy un galletazo?”. Yo le dije que sí, yo pensé que era jugando, y entró. Yo nunca le había dado confianza para jugar. Abrió la reja, se quitó la camisa y me dio un galletazo por gusto. Cogió, salió y al rato me sacaron para hablar conmigo porque se enteraron que yo era de los tirapiedras, como dicen ellos. Eso era para que yo no le dijera a mi mamá. Allí daban el teléfono cada vez que les daba la gana a ellos. Hasta que me trajeron para la Cárcel de Jóvenes de Occidente.

Aquí en el manto me empezaron a dar unos dolores en el oído con el tiempo. Un día por la noche me empezó a salir humor por el oído y empezaron a llamar al guardia. Tuvimos que empezar a formar gritería y cuando vinieron me dijeron que para que me iban a bajar al botiquín si no había medicamentos. Se fueron, me seguían dando los dolores y los volvieron a llamar. Vinieron al rato, me bajaron el botiquín y no había nada. Subí y al otro día el reeducador me consiguió unas goticas. Él mismo me dijo que no había en la prisión, pero no había médico tampoco.

El agua de aquí no sé lo que tiene pero a la gente le daba vomito con sangre y diarrea. Gracias a Dios que a mí no me dio nada de eso. La gente se desmayaba y no bajaban el botiquín porque no había nada.

Con el tiempo me subieron para la compañía 5. Allí en mi cubículo un día se fajaron y sacaron a todo el mundo. Dijeron que nos encueráramos y yo no quise. Me mataron a galletas y a patadas por el piso. Yo no quise decirle nada a mi mamá para que no se preocupara, hasta que en la visita me vio los arañazos en el cuello. Ellos se enteraron de cómo era mi mamá y, como soy yo, no ha pasado más nada.

Te escribo esta carta porque eres mi artista favorito Farruko, contándote todo lo que he vivido solo por reclamar libertad. Quisiera que me apoyaras y que le contaras mi verdad al mundo. Te respeto y admiro  mucho, quiero que seas mi padrino.

A raíz de las masivas protestas del 11J, el régimen de Miguel Díaz-Canel tiene a 55 menores de edad encarcelados, y han sido cientos los prisioneros políticos sentenciados a largas condenas de incluso 20 y 25 años por el solo hecho de manifestarse y pedir un cambio político en la Mayor de las Antillas.