Una gran parte de la comunidad de cubanos exiliados en Miami, hace un año cuando murió el dictador, Fidel Castro, celebraban en las calles, durante tres días y tres noches sin parar; la verdad no teniendo muy claro que poco había que festejar, natura le dio al autócrata la posibilidad de hacer todo lo que quiso con Cuba, de vivir 90 años con lujos y quizás achaques en los últimos años de su vida, pero murió por causas naturales, y en ningún momento pudo ser puesto en manos de la justicia para pagar los perjuicios que le hizo a la Isla, y a millones de cubanos.


Sin embargo ahora, a tres meses de unas elecciones de las que desconfían, la fiesta es cosa del pasado, y la desesperanza nuevamente se apodera de la realidad.

Rosa Piedra, una santera de más de 70 años que toma el fresco en la Pequeña Habana, dijo a AFP: “Ya Fidel descansó, murió, pero queda el otro descarado de (su hermano) Raúl. Cuba está destruida. No hay comida, no hay ropa, no hay nada”.

“Mientras Raúl esté ahí en el poder, Cuba va a seguir destruida. Por lo que yo veo, yo no creo que haya elecciones de verdad”, agregó la mujer.

En un abrir y cerrar de ojos, se armó una tertulia, en un lugar donde los cubanos discuten sobre política y dan su opinión.


Otro cubano argumenta: “Aunque se muera Raúl, ¡ese sistema sigue allí!”

“¡Fidel ya estaba muerto hacía tiempo!”, comenta otro.

La euforia que se vivió hace un año, cuando el 25 de noviembre por la noche salió la noticia de que el tirano había muerto, ya no está; los cubanos festejaron durante tres días seguidos, y gritaban “¡Cuba libre!” y “¡Libertad, libertad!”

Muchos se bañaron en champán, hicieron fotos y videos, cantaron y bailaron, tocaron tambores, golpearon cacerolas; y aunque sabían que en el poder quedaba el otro Castro, pensar en eso no detuvo la fiesta.

Pero la realidad se impuso, y el mal de Cuba, los “Castros”, el “sistema”, es algo ya aceptado, naturalizado, muy en el fondo nos hemos quedado con el sabor amargo de que poco podemos hacer, y el mal se enraizó, y casi nadie recuerda ya a una Cuba libre.

Ramón Saúl Sánchez, presidente de la ONG de defensa de los derechos humanos Movimiento Democracia, dijo: “Las cosas han continuado igual o peor porque la represión se ha recrudecido en contra de los opositores”.

En un enmarañado sistema electoral que concluirá el 24 de febrero del próximo año, “los nacionales elegirán a un nuevo presidente para que sustituya al octogenario general Raúl Castro”; que es presidente de Cuba desde 2008.

Y se espera una transición biológica, no hay sorpresas políticas, el sistema está pensado y apuntalado de manera que se preserve el modelo socialista; o más bien el modelo castrista, estén o no los Castros.

“No hay ningún indicio de que el sucesor de Raúl Castro va a ser elegido libremente por la población”, acotó el presidente de la ONG. “Los opositores que aspiraron a estas votaciones, que no son elecciones, ya fueron todos reprimidos”.

Quien ha seguido las noticias sabe que los candidatos opositores en la Isla comunista no lograron postularse, se les persiguió, se les fabricó delitos, se les apresó, y hasta actos de repudio sufrieron, como en los tiempos más oscuros de auge del castrismo.

Sánchez opina que el pueblo cubano regresó a un grave estado de desencanto después de la euforia temporal. “En los últimos tiempos se ha recrudecido el proceso de desintegración nacional. La esperanza de que algo cambie se ha esfumado, se ha diluido al ver que es más de lo mismo”.

En junio el presidente estadounidense, Donald Trump hizo acto de presencia en Miami, prometió revertir la política hacia Cuba, gran parte de los cambios que había promovido su predecesor en la presidencia, Barack Obama; y lo cumplió en gran medida. Trump impidió a los norteamericanos que realicen transacciones con entidades estatales y militares, promoviendo que sólo se negocie con el sector privado en la Isla caribeña.

Marcell Felipe, presidente de Inspire America Foundation, dice que aunque el aboga por medidas más fuertes contra el régimen cubano, las nuevas restricciones brindan un poco de optimismo.

“En medio siglo en el poder, Fidel Castro convirtió a La Habana, que era una de las ciudades más atractivas, en una de las más pobres”, añadió Felipe. “El legado de destrucción fue muy fuerte. Aún se sienten sus secuelas. Y con los cambios en la política internacional y por la caída económica de Venezuela, su impacto es magnificado”, subrayó.

El conocedor de la historia argumentó: “Recordamos que en Hungría, la muerte de Stalin, quien controlaba de lejos al país, no trajo un cambio inmediato. Esto tomó tres años”.

Sin embargo el aura general es de desencanto, cansancio; la esperanza ha sido truncada tras casi seis décadas de castrismo, de un sistema que no sólo nos quitó Cuba, nos arrancó un pedazo de nosotros, de historia, y hasta nos hizo mudar el alma.

(Con información de El Nuevo Herald)