Regresó a Cuba por miedo migratorio y ahora muestra cuánto cuesta alimentar a una niña en la isla

Productos en dólares en Cuba. Foto: Video de TikTok de @soydeborah97

Una cubana que vivió durante cuatro años en Estados Unidos bajo el formulario migratorio I-220A decidió regresar voluntariamente a Cuba después de sentir temor por una citación de inmigración. Su historia ha generado debate en redes sociales luego de que mostrara en su cuenta de TikTok @soydeborah97 una compra de meriendas para su hija pequeña en un mercado cubano donde los precios están en dólares.

La joven, identificada como Débora, compartió un recorrido por una tienda en Cuba y enseñó los productos que adquirió para su niña de dos años. «Hoy el día lo comenzamos corriendo para el mercado, ya que se me habían acabado algunas cositas para la merienda de la niña», dijo al inicio del video.


La cuenta final fue de 40.35 dólares, una cifra que puede parecer común en otros países, pero que en la isla equivale a varios salarios mensuales para muchas familias que solo reciben ingresos en pesos cubanos.

El caso combina dos realidades que golpean a miles de cubanos dentro y fuera del país: la incertidumbre migratoria de quienes permanecen en Estados Unidos con I-220A y el alto costo de la vida en Cuba, donde buena parte de los productos más demandados se comercializan en divisas o a precios inaccesibles para la mayoría de la población.

Una madre vuelve a Cuba y se enfrenta a los precios en dólares

Débora explicó que fue al mercado porque se le habían terminado varias cosas para la merienda de su hija. En el video mostró pasillos, productos y precios, mientras preguntaba a sus seguidores si consideraban que la compra estaba cara o barata para la realidad cubana.

La escena llamó la atención porque no se trataba de una compra abundante ni de artículos de lujo. Eran, en su mayoría, meriendas, bebidas, pastas, yogures y algunos productos complementarios para una niña pequeña. Sin embargo, el total superó los 40 dólares, una cantidad difícil de asumir para una familia cubana que no reciba remesas, no tenga un negocio privado o no cuente con ingresos en moneda extranjera.

Su recorrido también dejó ver una práctica cada vez más común entre los consumidores en Cuba: mirar los precios, comparar, descartar productos y priorizar solo lo indispensable. La joven decidió no comprar queso porque lo consideró demasiado caro y también dejó otros alimentos refrigerados al entender que no tenían un precio justo.


Qué compró por 40.35 dólares

Entre los productos que Débora adquirió figuraban un paquete de wafles por 2.65 dólares, melocotones por 4.20, kétchup por 2.00, crema de avellana para café por 4.20, jugos Estancia a 0.80 cada uno, un esmalte por 0.90, paquetes de coditos a 1.20 cada uno, refrescos a 0.60, macarrones con queso por 1.20 y seis yogures a 0.75 la unidad.

A pesar de que pudo comprar algunos productos hubo otro que también necesitaba, pero decidió no comprarlos porque estaban demasiado caro sus precios. «El queso no lo estuve comprando porque al final era en un sol libre y estaba demasiado caro. Esta vez estuve mirando también las cosas que había en la nevera, pero no me estuvo gustando nada. No vi que tenían un precio justo, o sea, todo estaba demasiado caro y no lo estuve comprando», explicó la creadora de contenido.

La lista refleja el patrón de consumo al que muchas familias aspiran cuando tienen acceso a dólares: alimentos procesados, meriendas infantiles, productos importados o de mayor disponibilidad en tiendas privadas y mercados que operan con precios muy por encima del salario estatal.

Aunque algunos productos cuestan menos de un dólar de forma individual, el problema aparece cuando se suman varios artículos básicos para cubrir necesidades cotidianas. En Cuba, donde la inflación, la escasez y la devaluación del peso han golpeado con fuerza el poder adquisitivo, una compra pequeña puede convertirse en un gasto extraordinario.

El video también evidencia cómo el mercado cubano se ha fragmentado entre quienes pueden pagar en divisas y quienes dependen exclusivamente del peso cubano. Para muchas familias, productos como yogures, jugos, macarrones con queso, frutas en conserva o crema para café no son compras habituales, sino artículos ocasionales que dependen de la llegada de remesas o de ingresos informales.

@soydeborah97 Hoy fuimos en busca de meriendas para la niña !!! Vamos de compras !!! Que opinan de los precios !!! #viral #viralvideo #foryoupage #cuba #parati ♬ sonido original – @soydeborah

El peso de una compra frente al salario cubano

El monto de 40.35 dólares adquiere mayor dimensión cuando se compara con los salarios en Cuba. El salario mínimo oficial es de 2,100 pesos cubanos, mientras que el salario medio ronda los 6,930 CUP. Al cambio informal, esos ingresos equivalen a una cantidad muy reducida en dólares, insuficiente para cubrir una compra como la que mostró Débora.

En junio de 2026, el dólar se mueve en el mercado informal entre 655 y 695 pesos cubanos. Eso significa que una compra de 40 dólares puede superar ampliamente lo que gana en un mes un trabajador estatal y acercarse a varios meses de ingresos mínimos.

La situación es especialmente dura para hogares con niños, ancianos o personas enfermas, donde el gasto en alimentos, medicamentos, aseo y transporte obliga a tomar decisiones constantes. Comprar meriendas para un menor, algo que en otros contextos puede parecer rutinario, en Cuba puede representar un esfuerzo económico considerable.

El caso de Débora no solo habla de una compra específica. También expone el deterioro del poder adquisitivo y la distancia entre los precios reales del mercado y los ingresos de la mayoría de los trabajadores cubanos.

Una economía cada vez más dolarizada

La publicación de Débora se inserta en un contexto de creciente dolarización informal y formal de la economía cubana. En la práctica, muchos productos de mayor demanda aparecen con más frecuencia en comercios donde se paga en divisas, en tiendas privadas o en mercados con precios calculados según el valor del dólar informal.

Esta dinámica ha profundizado la desigualdad entre quienes reciben ayuda del exterior y quienes dependen del salario estatal. Mientras una parte de la población puede acceder a productos importados o mejor abastecidos, otra queda limitada a opciones más escasas, de menor calidad o simplemente inaccesibles.

La crisis también ha cambiado la forma de comprar. Muchas familias ya no llenan una canasta, sino que adquieren productos puntuales según el dinero disponible. Los alimentos se compran por unidades, las proteínas se racionan y los productos infantiles suelen tener prioridad sobre otros gastos del hogar.

En ese escenario, el video de una madre comprando meriendas para su hija se convierte en una muestra de la economía diaria de la isla: precios altos, salarios bajos y dependencia creciente del dólar.

El trasfondo migratorio: “yo era I-220A”

Más allá de la compra, la historia de Débora despertó interés por su situación migratoria. La joven contó que vivió cuatro años en Estados Unidos con I-220A, un documento entregado a muchos migrantes liberados bajo supervisión mientras continúan sus procesos ante las autoridades migratorias.

En su testimonio, explicó que sintió miedo después de recibir una citación relacionada con su caso. Según relató, le indicaron que debía presentarse otro día, un sábado, con todos sus documentos. Esa instrucción la asustó y la llevó a tomar la decisión de regresar a Cuba.

“Mi historia es un poco triste porque yo era I-220A y tuvimos una situación muy mala porque cuando tuve la cita en ese lugar… me dijeron que tenía que presentarme otro día que caía sábado y que tenía que ir con todos mis documentos. Yo agarré miedo, pues entonces tomé la decisión de regresar”, expresó.

La frase resume el estado emocional de muchos migrantes cubanos que viven en Estados Unidos sin una residencia permanente y con procesos abiertos. La incertidumbre sobre una cita, una revisión migratoria o una posible detención puede marcar decisiones familiares profundas.

El miedo a ICE y la decisión de volver

Débora aseguró que prefirió regresar voluntariamente antes de arriesgarse a una deportación formal. Para muchas personas en situación migratoria vulnerable, la diferencia entre salir por voluntad propia o ser deportadas puede tener implicaciones legales, emocionales y familiares importantes.

Sin embargo, volver a Cuba tampoco significa recuperar estabilidad. En su caso, el regreso implicó enfrentar una realidad económica muy difícil, marcada por precios elevados, desabastecimiento, pérdida de poder adquisitivo y pocas oportunidades de progreso.

La decisión muestra el dilema de una parte de la diáspora cubana reciente: permanecer en Estados Unidos con miedo a un proceso migratorio incierto o volver a una isla donde la vida diaria se ha encarecido hasta niveles difíciles de sostener.

Ese dilema es aún más complejo para madres, padres y familias con hijos pequeños, porque cada decisión migratoria afecta también el futuro, la educación, la salud y la estabilidad de los menores.

Una hija ciudadana estadounidense en Cuba

Uno de los elementos más sensibles de la historia es que la hija de Débora, de dos años, nació en Estados Unidos y es ciudadana estadounidense. Tras regresar a la isla, la madre inició gestiones para tramitarle la ciudadanía cubana a la menor.

La situación coloca a la familia en una posición particular: una niña estadounidense viviendo en Cuba con una madre que decidió salir de Estados Unidos por temor a su situación migratoria. Ese escenario refleja las complejidades de muchas familias migrantes cubanas formadas en los últimos años, con hijos nacidos en territorio estadounidense y padres sin estatus definitivo.

Para Débora, la prioridad parece ser mantener a su hija cerca y sostener su crianza en medio de las limitaciones de la isla. Pero la realidad económica que muestra en sus videos evidencia que criar a una menor en Cuba exige hoy un nivel de gastos difícil de asumir sin acceso constante a dólares.

El caso de Débora se suma a la preocupación de miles de cubanos que recibieron I-220A al entrar a Estados Unidos y que permanecen en una especie de limbo legal. Muchos han construido una vida durante años, han trabajado, han tenido hijos y han esperado respuestas de sus procesos migratorios, pero siguen sin una vía clara y uniforme hacia la residencia.

La I-220A no equivale automáticamente a una residencia ni garantiza protección permanente. Por eso, las citas migratorias, las órdenes de supervisión y las audiencias ante jueces pueden convertirse en momentos de enorme tensión para quienes temen ser detenidos o deportados.

En febrero de 2026, un vuelo de deportación trasladó a 170 cubanos de regreso a la isla, un hecho que reforzó la incertidumbre dentro de la comunidad migrante. Para quienes tienen procesos pendientes, cada nuevo operativo, citación o cambio de criterio puede generar ansiedad y decisiones apresuradas.

La historia de Débora ilustra ese impacto psicológico. No se trata solo de leyes o documentos, sino de vidas familiares atravesadas por el miedo, la espera y la falta de certezas.

Regresar voluntariamente no elimina el drama

El retorno voluntario puede parecer una salida para evitar una detención o una deportación, pero también puede cerrar puertas migratorias y dejar a la persona en una situación de mayor vulnerabilidad. En el caso de Débora, la decisión de regresar a Cuba estuvo motivada por el miedo, no necesariamente por el deseo de reconstruir su vida en la isla.

Una vez de vuelta, la joven se encontró con un país donde el costo de vida se ha disparado y donde los productos más simples pueden requerir dólares. La compra de meriendas para su hija se convirtió entonces en una muestra visible de lo que significa volver a vivir en Cuba después de años en Estados Unidos.

La reacción de los usuarios en redes también refleja la división de percepciones. Para algunos, 40 dólares no parece una compra excesiva; para otros, en Cuba es una cifra desproporcionada frente a los salarios y la realidad cotidiana.

Una historia entre dos crisis

El testimonio de Débora une dos crisis que atraviesan a la sociedad cubana contemporánea: la migratoria y la económica. Por un lado, muestra el temor de quienes viven en Estados Unidos con documentos temporales o procesos inciertos. Por otro, expone el alto costo de sostener una vida básica en Cuba.

Su caso resulta especialmente llamativo porque no habla de grandes lujos ni de gastos excepcionales. Habla de una madre que compra meriendas, yogures, jugos, pastas y algunos productos para su hija. La fuerza del video está precisamente en esa cotidianidad: lo que debería ser normal se vuelve difícil, caro y emocionalmente pesado.

Débora regresó a Cuba para evitar una situación migratoria que le generaba miedo. Pero su regreso la enfrentó a otra forma de angustia: la de vivir en una economía donde el dólar define el acceso a alimentos y donde una compra pequeña puede representar varios salarios.

Su historia se ha vuelto viral porque resume, en una sola escena, el drama de muchos cubanos: salir de la isla buscando estabilidad, vivir años en Estados Unidos sin seguridad migratoria, regresar por temor y descubrir que en Cuba hasta alimentar a una niña puede convertirse en una batalla diaria.


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