El actor cubano Luis Alberto García volvió a hablar con ambigüedad sobre el tema de las visas múltiples por 5 años y aunque intentó arreglar sus palabras sobre el exilio cubano en Miami volvió a poner el peso del odio en esta parte de la dos orillas.


“Ha sido una decisión soberana del gobierno norteamericano (nunca dije que el exilio de Miami fue el culpable ni el que la dictó ni el que la inventó), que atañe a ciudadanos del mundo entero. Tampoco dije que es una medida diseñada específicamente contra Cuba” dijo Luis alberto García que más adelante criticó a esos cubanos exiliados en Miami que se alegraron por la medida “no veo bien que ese odio irracional que ya es casi genético lleve a algunos pocos (sé que por fortuna, la mayoría de los exiliados cubanos no piensa ni actúa así ) a dar brincos de alegría porque le amarguen aún más la vida a sus compatriotas de abajo o a su costado. No veo bondad alguna en esa postura. No me parece que haya nobleza o solidaridad humana en ella. Por ese camino, esos pocos compatriotas (no dudo de los motivos que tienen para odiar) podrían llegar a armar un buen rumbón si se eliminaran las remesas, la reunificación familiar, si dos tornados y tres grandes huracanes se nos vinieran encima, si nos cayeran a bombas y los niños nuestros, que no nacieron “en tierras de libertad” como escribiera alguien hace unos días, pusieran las bajas colaterales. Y puestos a pedir, para que la alegría sea mayor, que todo eso nos llegara a la misma vez. ” dijo.

El actor cubano, muy activo en las redes sociales sobre este tema y otros de actualidad dedicó un extenso escrito en el que defiende su criterio de que los cubanos de a pie (el incluido) serán los más perjudicados con la medida.

Aquí les dejamos el escrito de Luis Alberto García:

Según mi humilde punto de vista, somos los cubanos comunes y corrientes, TODOS, los que más vamos a sufrir con todo este embrollo del cese del otorgamiento de las visas de turismo válidas por cinco años. Ha sido una decisión soberana del gobierno norteamericano (nunca dije que el exilio de Miami fue el culpable ni el que la dictó ni el que la inventó), que atañe a ciudadanos del mundo entero. Tampoco dije que es una medida diseñada específicamente contra Cuba. Será, como corresponde, respetada y acatada como debe ser. No otorgarán de ahora en adelante dichas visas, aducen, en reciprocidad al trato que reciben los ciudadanos americanos a manos de otros países. Lo ha decidido el Estado más poderoso del mundo. Es ley. No se me ocurre intentar desobedecerla, impugnarla, denunciarla ni echar a rodar una de esas tantas campañas de recogida de firmas ni nada por el estilo. ES UNA LEY DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMERICA. El argumento esgrimido tiene su lógica: doy lo que recibo y punto. No importa que me guste o no, que me parezca lógica o no. Desacertada, injusta o no. Yo soy una hormiga que ni siquiera es americana. Es cierto que utilicé una frase subida de tono, marginal, para referirme a tal decisión cuando escribí que era un “tronco de hijeputencia”. Lo lamento. Pude expresar mi desagrado y sorpresa de manera más seria y educada. Pero el uso de la frase, cubanísima por cierto, no evapora mis argumentos.

Rebtel y Cuba en Miami llamadas a Cuba

¿Por qué hago hincapié en que seremos los cubanos del montón los que saldremos peor parados?

Porque saben todos los interesados en el asunto, ya sea que estén a favor o en contra del otorgamiento de tales visados, sean cubanos o no, que las relaciones entre los gobiernos de Cuba y EUA han vuelto a deteriorarse de manera acelerada y sostenida hasta el punto de no sostener casi relaciones diplomáticas, con embajadas y consulados en los dos países operando casi en cero.

Conocen que los ciudadanos cubanos, desde hace un tiempo, deben viajar a terceros países para solicitar una visa que les permita viajar a Estados Unidos, con los gastos que toda esa operación conlleva (hacer reservas con una internet que no está al alcance de todos, pagar billetes de avión, alojamiento, alimentación, telefonía móvil y transportación, más el pago por los trámites en la embajada americana de esos territorios) sin tener seguridad alguna de que les será otorgada. Una inversión que fácilmente puede esfumarse ante una ventanilla, sin derecho siquiera a recibir una explicación del oficial o funcionario que los atiende, porque así también lo dice la ley. Es un gasto excesivo (cercano a los $2000) que no puede afrontar la inmensa mayoría de los que habitan en la isla ni sus familiares en el extranjero, así como tampoco pueden hacerlo muchas instituciones o eventos culturales americanos, que aún teniendo el dinero no pueden usarlo como les apetezca (porque ahí aparecen entonces la OFAC y el Departamento del Tesoro con otra recua de leyes que deben cumplirse). Este “via crucis”, este infierno, salvo raras y contadas excepciones, no lo sufrirán europeos, asiáticos, africanos, latinoamericanos ni australianos que sí tienen embajadas americanas en sus países.

Sin embargo (ya quisiéramos los de aquí estar “sin embargo”), los ciudadanos americanos no tienen que viajar a terceros países ni someterse a entrevistas en embajadas cubanas para obtener su visa a Cuba. Pagan 100 usd en la Terminal Aérea y en diez minutos tienen la visa estampada en su pasaporte americano. No veo que haya mucha reciprocidad en los dos procesos. Es algo que algunos medios de prensa oficiales y alternativos del primer mundo están escondiendo porque, justamente, se resiente entonces la justificación de la reciprocidad. Si comenzaran a otorgarnos a los cubanos residentes en Cuba una visa de turismo que como máximo llegue a tres meses y pudiéramos abonar esos mismos 100 usd, sin interrogatorio alguno y abordar el avión diez minutos después, entonces sí estaríamos hablando de algo recíproco. Las palabras deberían tener un valor. Tienen un valor.

Muchas abuelas y abuelos cubanos que añoran caer “por allá enfrente” cada vez que pueden o quieren o que alguien les pague un vuelo en avión, para visitar a sus descendientes (o a sus muertos lejos de casa) y recuperar por un tiempito la sensación de los domingos con toda la familia queriéndose o asombrarse del estirón de los más pequeños o insistir en hablarles con el acento del archipiélago que ya casi olvidan y hasta recuperar sabores y olores de la cocina criolla, porque ellos se empinan en tierra que ha sido acogedora pero que no es realmente la de sus progenitores, cada vez más podrán hacerlo menos. Pensemos además que no pocos de esos ancianos y ancianas no están en condiciones físicas de afrontar esos viajes a otros territorios para solicitar su visado (les he visto llegar al aeropuerto de La Habana en sillas de ruedas y ser recibidos en territorio americano en otras sillas de rueda y lo mismo a la inversa), que deben viajar acompañados por otra persona al menos, con lo cual todos los gastos anteriormente expuestos se duplicarían.
Las madres y padres que, en su momento, accedieron a que sus hija/os fueran a residir a la orilla de enfrente con su ex- media naranja o que les vieron irse como pudieron con riesgos enormes para sus vidas a probar fortuna y oportunidades de otra clase, ya no podrán abrazarles tan a menudo.

Otros (tíos, primos, hermanos, esposos, nietos, hijos) que se están comiendo aquí en “el caimán” “un cable”, pero se sabían con la esperanza de poder “MULEAR” tres o cuatro veces al año para sí mismos (o para los que nunca podrán salir, que también están con una mano “alante” y la otra amputada) y hasta poder hacer unos pesitos trabajando por la izquierda para paliar el temporal eterno de esta orilla, dejarán de hacerlo. Muchas cubanas con ese tipo de visa, estando de visita, cuidaron ancianos y operados para que el resto de la familia cubanoamericana pudiera trabajar, en un país que es por sobre todas las cosas, “DE TRABAJO” (allí sí que hay que doblar el lomo y los dueños y gerentes no creen en certificados médicos inventados ni en justificaciones peliculeras). Los hubo que podaron jardines, pintaron casas de familiares, amigos y conocidos, enmendaron techos, pusieron losas y mosaicos, cargaron en almacenes lo que se les pidiera, recuperaron consolas de aire acondicionado y todo tipo de electrodomésticos, trabajaron la tierra, arreglaron algunos autos con sus conocimientos de mecánica a la cubana y esos trabajitos “noblemente ilegales” les permitieron regresar varias veces a Cuba a poner comida en la mesa y zapatos en los pies de sus muchachos. Y están también los que usaron su importación del año para reconvertirla en cuc a su regreso a Cuba y mantener a sus familias durante unos pocos meses. No veo algo insano ni demasiado terrible en que hayan podido hacerlo. Nos da la medida de lo que está dispuesto a hacer alguien por los suyos sin mendigar ni pedir limosnas con escopeta.


Artistas, científicos, profesores o especialistas de alto grado en muchas áreas, que hemos respetado a cabalidad las exigencias y las leyes de ese país cuando hemos ido, sin engaños ni trampas, sin intentar usar una visa de turismo o de intercambio cultural o académico para hacer dineros de forma ilegal y sí para conocer o confrontar muchas personas y cosas que son maravillosas y de todo ello aprehender, veremos truncado todo ese intercambio que estaba resultando útil para pensar y rediseñar una futura nación cubana. Habría que reconocer en este punto, que también algunos “pillos criollos” engañaron o intentaron engañar al Tío Sam usando sus visas para fines que éstas no amparaban con la ayuda incalculable de otros “pillos” de allí mismo, empañándolo todo. Que siempre hubo un ojo que los vio, un teléfono que los grabó y una boca que “los caminó”, porque se lo buscaron.

En mi caso particular, que jamás he trabajado ni cobrado por ello en mis múltiples visitas, luego de ocho largos años “Bush” en los que me impidieron pisar territorio americano, la visa “Obama” de entradas y salidas múltiples válida por cinco años me permitió reencontrarme con amigashermanas y amigoshermanos a quienes no veía desde hacía mucho tiempo y corroborar que hay amores intensos que nada ni nadie puede desteñir. También hacer nuevos amigos y amigas que sé, lo serán ya para los innings de juego que me van quedando.
Pude hacer mía una gran familia (de la que forman parte mi novia y nuestras hijas) diseminada en Miami y Tampa que me abrió sus casas y sus corazones. Personas trabajadoras, humildes, solidarias, abiertas, cariñosas, lindas. A los que trato en reciprocidad, como merecen, porque nunca he visto con buena cara eso de estar echándose fresco o andar lamentándose de lo difíciles que están las cosas en la isla, para pedirle y en ocasiones exigirle al familiar que ha ido levantando cabeza en otro país, soportando amarguras, tristezas y soledades, que asuma manutención alguna. Jamás, a esta nueva familia (ni a mis hijas mayores, que residen en Estados Unidos) les pedí que me regalaran dinero, ni recargas telefónicas, ni me convertí para ellos en una carga pesada. Cuando he necesitado que me compraran algún artefacto o misceláneas que desafortunadamente no aparecen en Cuba, siempre aparecí con mi dinero ganado y ahorrado con total transparencia y honradez, para devolver el favor y dar las gracias, que ya es algo que se ha ido perdiendo.

Pude conocer a colegas de profesión y lumbreras de áreas bien alejadas de la mía, que son inmensos a escala mundial, recibir de ellos consejos, elogios y críticas, mostrarles mi trabajo y asomarme con estupor y complacencia al de ellos, en Festivales de cine en New York, Chicago, Yale University, San Francisco, Houston, Aspen, Telluride. Estrenar y hacer la promoción de un filme irlandés desde Miami. Comprar equipos que son vitales para el trabajo de cualquier cineasta en la mejor tienda del ramo a nivel mundial: B&H. Visitar museos soñados, lugares sagrados. Morirme de orgullo en Ybor City viendo lo que fueron capaces de hacer desde 1886 aquellos primeros cubanos exiliados y pobrísimos. Escuchar, entender, respetar y querer a muchas personas que no son un calco mío ni clonan mi manera de ver el mundo y que por eso mismo me hicieron crecer hasta límites insospechados porque en la diversidad de ideas y opiniones encuentra uno, caminos que no sospechaba que existían o refuerza los que ya desandaba. Fue bueno aprender de ideas y credos diferentes, sin sentirme conminado a remodelar los míos de manera oportunista. Pude sentarme a conversar largo y tendido (lo digo sin temor alguno, porque es algo que la condición de artista viabiliza y mis decisiones son mías y de nadie más) con pensadores, poetas y creadores que son anticomunistas furibundos y anticastristas furibundos. Jamás hice proselitismo político o ideológico porque eso no es lo mío. Nunca pregunté quién era liberal o conservador, quién votó por Trump o no. Ninguno de ellos me acusó ni maltrató porque yo viajara desde Cuba. Tampoco porque decidiera regresar al sitio en que hago mi vida al final de mis cortas estadías. En algunos temas específicos no pensamos de igual manera pero respeté profundamente todas sus opiniones y ellos hicieron lo mismo con las mías.

Nada de eso podré volver a hacerlo en largos años cuando la visa actual que ahora poseo, llegue a su fin. La medida me afecta, está claro. No creo que tenga culpa que me haga merecerla. Me molesta, claro está. Y también a muchísimas familias cubanas que ya estaban rotas y que a partir de ahora se desgajarán aún más. 
Nada puede sustituir el trato persona a persona. Nada como abrazarse, besar, oler, mirarse fijo a los ojos. Ni redes sociales, teléfonos, ni holografías ni videoconferencias. Es vital facilitar que se afiancen los lazos de sangre, no obstaculizar ese entramado. Y es demasiado importante la comunicación entre profesionales de cualquier rama del conocimiento humano. Ganan el mundo y el género humano con todo ello.

Siempre me ha parecido incorrecto e injusto el trato diferenciado que el gobierno de mi país ofrece a los que se han marchado hacia los cuatro puntos cardinales. No me gustaba ni me gusta cuando les llaman gusanos y les tratan como tal. Ni los tristes y agresivos actos de repudio. Ni que durante años perdieran sus propiedades y bienes familiares porque emigraran. Ni que se use a la familia que queda en Cuba como rehén para castigar las “deserciones”. Tampoco que se les obligue a cumplir deberes y obligaciones ciudadanos, sin permitirles ejercer derecho alguno. Que deban pagar altas sumas por poseer un pasaporte del país en el que no escogieron nacer o por prorrogarlo. Ni que se les deje opinar pero no votar. Todo eso no ha producido mucho orgullo ni demasiadas nostalgias entre los cubanos de la diáspora.

Por lo tanto, sé que hay demasiado odio acumulado. Odio que destilan historias reales que cada uno de los dos grandes bandos esgrime, llegado el momento. Cada equipo tiene a buen recaudo y aviva todo el tiempo las barbaridades o los extremos que ha cometido su contrincante. No pienso que haya que hacer borrón y cuenta nueva. Olvidar todos los acontecimientos terribles que el enfrentamiento feroz entre dos posturas políticas e ideológicas han marcado a nuestra nación por más de seis décadas, es imposible.

Pero no veo bien que ese odio irracional que ya es casi genético lleve a algunos pocos (sé que por fortuna, la mayoría de los exiliados cubanos no piensa ni actúa así ) a dar brincos de alegría porque le amarguen aún más la vida a sus compatriotas de abajo o a su costado. No veo bondad alguna en esa postura. No me parece que haya nobleza o solidaridad humana en ella. Por ese camino, esos pocos compatriotas (no dudo de los motivos que tienen para odiar) podrían llegar a armar un buen rumbón si se eliminaran las remesas, la reunificación familiar, si dos tornados y tres grandes huracanes se nos vinieran encima, si nos cayeran a bombas y los niños nuestros, que no nacieron “en tierras de libertad” como escribiera alguien hace unos días, pusieran las bajas colaterales. Y puestos a pedir, para que la alegría sea mayor, que todo eso nos llegara a la misma vez.

Me siento inmensamente feliz de no desear la infelicidad de otros. Y me emociono con los cientos de miles de cubanos desperdigados por esos mundos de Dios, que a pesar de sus desavenencias con el gobierno de la isla, de no gustarles un montón de cosas, de no parar de desear un país diferente al que hoy existe, no dudaron en tender sus manos a los damnificados del tornado, por ejemplo. Porque una cosa, es una cosa… y otra cosa, otra.

Un comunista cubano de línea dura, residente en la isla… el que peor les caiga, con un pasaporte de un país europeo seguirá yendo de visita a Estados Unidos.
Los funcionarios o dirigentes políticos cubanos que con toda seguridad son odiados por esas personas que ahora vitorean que se acaben las visas, seguirán recibiendo cuando el caso lo amerite, sus visados diplomáticos para poner pie en los Estados Unidos de América.

Nosotros ya no.