A diario miles de cubanos y cubanas acuden a las zonas WiFi públicas de la Isla para comunicarse con sus familiares que han emigrado, Diario de Cuba hizo un reportaje sobre lo que se ha vuelto el modelo familiar predominante en el país caribeño, por el impacto que ha tenido la emigración y las misiones internacionalistas del régimen en la vida de los cubanos.

Liudmila es una enfermera de Holguín, cuyo esposo emigró a EEUU, y no pudo marcharse con ella, ni con el hijo de ambos, porque lo hizo hace cuatro años antes que se derogara la política “pies secos-pies mojados”, atravesando Centroamérica, en una peligrosa travesía, por la que cientos de miles de antillanos emigraron al norte.

“Es muy difícil criar a un hijo sola, pero nada es peor que la pobreza. Rolando se fue hace cuatro años por Ecuador y pudo atravesar Centroamérica antes de que se pusiera la cosa mala”, explica.

“Llegó bien. Pasamos dos años sin vernos, comunicándonos solo por internet. Ahora viene dos o tres veces al año y hablamos casi a diario para que el matrimonio no se enfríe, hasta que nos podamos ir el niño y yo. Es un gran riesgo y un gran sacrificio, pero para prosperar la familia tiene que separarse, no hay otra”, lamenta la enfermera.


“Por suerte, mi mamá ayuda bastante y, con lo que manda mi marido, cubro todas las necesidades económicas. Pero el padre hace mucha falta, se gana por un lado y se pierde por el otro. Él cuenta que estando lejos se valoran mejor las cosas importantes y lamenta perderse el día a día del niño, verlo crecer”, añadió.

La historia de una psicóloga Yamilka, refleja la separación de su esposo por una misión del régimen cubano, y desafortunadamente sin final feliz.

“Tenía un niño de tres años cuando me casé con Carlos, un médico que conocí en el policlínico donde trabajaba, y tuvimos juntos otro nene”, relata.

“Él subió como la espuma y se volvió un cuadro municipal de Salud Pública. Se fue de misión para Venezuela y finalmente estuvo allá diez años”, revela Yamilka.

“Cuando llevaba solo tres, vino de vacaciones y me contó que allá estaba con una doctora de Las Tunas y quería romper nuestro vínculo matrimonial para casarse con ella. Dejó de quererme y, evidentemente, estaba enamorado, tanto que corrió para esa provincia donde su nueva pareja estaba también de vacaciones”, rememora.

Para Yamilka fue deprimente, su hijo apenas conoció a su padre, y el otro pequeño que ya se había encariñado con el padrastro, también perdió la figura paterna. Además, explicó los infortunios de criar a sus dos hijos sola.

“Casi me derrumbo, mis conocimientos de psicología no me sirvieron de nada, pero mis hijos me dieron fuerzas”, confiesa.

Según la psicóloga ahora poco a poco se abre camino, aunque fue muy duro recuperarse cuando vio su familia se destruía por segunda ocasión.

“Mi primer matrimonio fue cosa de adolescentes, pero con Carlos todo parecía sólido y tuve expectativas que se frustraron por una misión que pensamos que era para mejorar nuestras vidas. Al final, destruyó todo y me hizo mucho daño”, concluyó.

“Cuando él me habló de emigrar a Estados Unidos era un proyecto de los dos o, mejor dicho, de los tres, porque tenemos un hijo. Estábamos muy unidos, no sé qué sucedió”, contó Susana de su matrimonio.

“Él se pasó como dos meses para llegar y se enredó con una camagüeyana que se topó en la travesía. Yo quedé fuera. El plan de reunificar la familia se destruyó. El niño tenía tres añitos nada más y ahora, aunque no le falta nada, se criará sin su padre”, agrega.

“Él cambió mucho, hoy es otro hombre, muy diferente al que no reconozco. Nunca pensé que me cambiaría por otra. Yo confiaba ciegamente en él, en su amor, era muy celoso conmigo. Todavía no me recupero emocionalmente de ese fracaso y no logro confiar en otro hombre para una nueva relación”, comentó.

Como las historias de Yamilka y de Susana hay miles en Cuba, también más felices como la de la enfermera de Holguín, matrimonios que aguantan la dilatada espera, y se reúnen del otro lado de la orilla, pero sin embargo aún con mejores finales, miles de madres y padres cubanos se están perdiendo los años más preciados de sus hijos, por ansias de libertad y bienestar económico, un precio demasiado alto, si tenemos en cuenta el promedio de vida de un ser humano, tres o cuatro años de sacrificio se dicen fácil, pero cuentan mucho.