Ninguna ciudad está preparada para una catástrofe natural de la envergadura del huracán Irma, que azotó a la isla de Cuba siendo categoría 5, sin embargo aunque el huracán no impactó como tal la capital provocó arrasadoras penetraciones en todo el litoral de la ciudad.

La Habana muestra su rostro más vulnerable y su precaria infraestructura para recibir este tipo de fenómenos naturales, tan frecuentes en el Caribe. Tristemente su población a varios días de haber declarado la fase recuperativa se encuentra desolada, sin agua, electricidad y carencia de alimentos. En medio de esta crisis humanitaria, el estado cubano que se autoproclama socialista le vende la comida a los damnificados. El agua invadió casas en las costas, y se llevó puertas, ventanas, y todo cuanto había dentro.

Esto ocurre en un momento en que la economía cubana se encuentra en ruinas, período en que el gobierno en la isla ha interrumpido hasta nuevo aviso los permisos para los cuentapropistas o emprendedores, y el pueblo simplemente no sabe cómo va a subsistir. Si ya el desabastecimiento y las vicisitudes en el país se hacían sentir, ¿cómo quedará la situación de Cuba ahora? El panorama se torna complicado, una ciudad cada vez más destruida, atiborrada de derrumbes, necesidades, sin esperanzas; quizás ahora se empiece a sentir el impacto de que meses atrás se derogara la política pies secos pies mojados, pues a dónde huirán ahora los cubanos, si ya no tienen tierra que los acoja.




El desencanto grita aún más fuerte en la población, en medio del caos político en Venezuela, de los augurios de sucesión de poder en febrero de 2018, ¿qué se espera… la nada, o lo que viene después de la nada? El espíritu isleño está amedrentado por décadas experimentando la calamidad, la penuria, qué le puede importar al cubano perder que no ha perdido ya. Cuba lleva meses sufriendo la escasez ya no solo de alimentos y de artículos de primera necesidad, este 2017 la isla ha sufrido la falta de medicamentos, epidemias como la conjuntivitis, el dengue, zika, han hostigado silenciosamente a los cubanos en el último año; de modo silencioso porque a tales problemas no se le ha dado la cobertura necesaria por la prensa oficialista. Entre escombros, agua estancada, basura por doquier, y la ineficiente labor de servicios comunales, se puede desatar en Cuba una crisis sanitaria. ¿Cómo le va a hacer frente el gobierno? Cuando sin ciclones desde hace unos meses la situación se ha salido de control para las autoridades.

¿De qué modo se recuperaran las personas ante las pérdidas materiales? En un país donde alimentarse es un lujo, en un país que desde hace años hay que inventar para comer, donde los salarios son simbólicos, donde el tema de la unificación de la moneda, de ver quién se queda en el lugar de Raúl Castro ya parecen temas insolubles. ¿Qué viene ahora? O acaso sigue el choteo, la desidia, los lamentos disfrazados de júbilo.

El cubano seguirá jugando con esa imagen adscrita a los turistas de que son los más gozones del Caribe, cuando tiene los índices más altos de suicidio de América Latina. ¿Qué viene después de Irma? Si ya las imágenes no lo pueden esconder: La Habana es una ciudad en ruinas, el paradigma fidelista ha muerto, la isla está preñada de desilusión.