
La escena en la Habana Vieja resume con crudeza el momento que atraviesa Cuba. En plazas históricas donde antes se mezclaban grupos de visitantes extranjeros, guías turísticos, músicos, camareros y vendedores ambulantes, ahora predomina una sensación de espera. Los hoteles tienen habitaciones disponibles, los restaurantes ofrecen descuentos y muchos trabajadores del sector turístico miran pasar los días con menos clientes, menos propinas y menos ingresos.
“No hay turistas”, dijo Elio, integrante de un dúo de guitarras que lleva cerca de 30 años tocando música tradicional cubana junto a una plaza histórica de la capital. El músico prefirió no revelar su apellido por temor a posibles represalias al hablar con medios extranjeros. Su frase no solo describe una realidad puntual en una esquina de La Habana: resume el derrumbe de una industria que durante décadas fue presentada como una de las principales fuentes de divisas para el país.
Según cifras oficiales citadas por CNN, Cuba recibió alrededor de 360,000 turistas durante los primeros cinco meses de 2026, una caída de 58% respecto al mismo período del año anterior. El dato es todavía más alarmante cuando se compara con otros destinos del Caribe. República Dominicana, vecino regional y competidor directo en el mercado turístico, recibió más de diez veces esa cantidad de visitantes en igual etapa.
La comparación deja en evidencia que el problema cubano no puede explicarse solo por una desaceleración general del turismo internacional. Mientras otros destinos caribeños consolidan su recuperación y mantienen altos niveles de ocupación, Cuba pierde vuelos, cadenas hoteleras, conectividad financiera, confianza de los viajeros y capacidad operativa.
La Habana Vieja, de postal turística a símbolo de la crisis
La Habana Vieja ha sido durante años una de las vitrinas más reconocibles del turismo cubano. Sus calles coloniales, plazas restauradas, bares históricos, músicos tradicionales y restaurantes privados formaban parte de una experiencia promocionada en agencias de viaje de Europa, Canadá, América Latina y Estados Unidos bajo categorías autorizadas.
Pero esa imagen se ha debilitado. Hoy, la baja presencia de turistas afecta de forma directa a quienes vivían de ese flujo diario. Músicos como Elio, guías independientes, fotógrafos, artesanos, choferes, camareros, cocineros, arrendadores privados y vendedores callejeros dependen en gran medida del visitante extranjero, especialmente porque suele pagar en divisas o dejar propinas superiores a las que puede aportar el mercado local.
El golpe es doble: por un lado, hay menos turistas; por otro, los cubanos residentes en la isla enfrentan una pérdida sostenida de poder adquisitivo, por lo que tampoco pueden sustituir esa demanda. Muchos negocios privados que antes funcionaban con clientela extranjera ahora intentan sobrevivir con descuentos, promociones o servicios adaptados a consumidores nacionales, pero en un contexto de inflación, escasez y bajos salarios.
La crisis turística, por tanto, no queda encerrada en los balances del Estado ni en las cifras de ocupación hotelera. Se filtra hacia la calle, afecta economías familiares y reduce los ingresos de miles de trabajadores que habían encontrado en el turismo una de las pocas vías para sostenerse fuera del salario estatal.
Un desplome que expone el aislamiento de Cuba frente al Caribe
El contraste con República Dominicana es uno de los puntos más reveladores del informe. Ambos países comparten atractivo caribeño, clima tropical, playas, cultura y proximidad a grandes mercados emisores. Sin embargo, sus resultados turísticos muestran trayectorias opuestas.
República Dominicana ha logrado posicionarse como uno de los destinos más competitivos de la región gracias a una fuerte conectividad aérea, inversión hotelera, campañas de promoción, estabilidad operativa y facilidades para el viajero internacional. Cuba, en cambio, enfrenta una combinación de obstáculos que van desde las sanciones estadounidenses hasta los apagones, la falta de combustible, la baja calidad de servicios, el deterioro de infraestructuras y la incertidumbre financiera.
Para el turista promedio, la decisión suele ser práctica: elegir un destino con vuelos disponibles, hoteles confiables, pagos con tarjeta, servicios estables y menor riesgo de contratiempos. En esa competencia, Cuba aparece cada vez más rezagada. El país conserva un enorme atractivo cultural e histórico, pero esa ventaja pierde peso cuando la experiencia de viaje se percibe como complicada, costosa o impredecible.
El resultado es una pérdida de terreno en un mercado regional donde otros países han sabido captar la demanda pospandemia. Mientras el Caribe vuelve a llenarse de visitantes, Cuba muestra hoteles vacíos y una industria que no logra recuperar el ritmo que tuvo antes de la crisis sanitaria global.
Sanciones, GAESA y presión de Washington sobre el turismo cubano
Uno de los factores centrales del deterioro es la presión de Estados Unidos contra entidades vinculadas al aparato militar cubano. Buena parte del sector turístico de la isla está conectada con GAESA, el conglomerado empresarial controlado por las Fuerzas Armadas, que durante años ha tenido un papel decisivo en hoteles, tiendas, finanzas, transporte y operaciones estratégicas.
Las sanciones estadounidenses buscan limitar los ingresos del gobierno cubano y reducir el margen de maniobra de empresas extranjeras que operen con entidades vinculadas al poder militar. Esa política ha aumentado el riesgo para cadenas internacionales que administraban hoteles en Cuba o mantenían acuerdos con grupos estatales.
Para los operadores extranjeros, el escenario se volvió cada vez más complejo. A la baja ocupación se suman las dificultades para repatriar ganancias, garantizar suministros, operar bajo apagones o restricciones de combustible y evitar exposición a sanciones. En ese contexto, varias compañías han reducido presencia o reconsiderado su permanencia en la isla.
Entre los casos más relevantes aparece Meliá, que dejó de operar 15 de los 34 hoteles que administraba en Cuba. También se han reportado ajustes de otros grupos hoteleros con presencia en el país. La retirada o reducción de cadenas internacionales golpea no solo la administración hotelera, sino también la promoción en mercados emisores, el acceso a agencias de viaje, la confianza del cliente y los estándares de servicio.
Cuando una marca internacional abandona o reduce operaciones, el impacto va más allá del edificio hotelero. Se pierden redes comerciales, plataformas de reserva, know-how, proveedores, entrenamiento de personal y reputación. Para un destino en crisis, cada salida empresarial profundiza la sensación de deterioro.
Trump y la visión del turismo como activo estratégico
El informe también sitúa la crisis turística dentro de una lectura geopolítica más amplia. En una entrevista con Axios en junio, Donald Trump comparó el potencial turístico de Cuba con el petróleo venezolano mientras evaluaba nuevas medidas para presionar al gobierno cubano.
“Venezuela tiene petróleo. Cuba no. Cuba tiene una propiedad bonita y una buena costa”, dijo Trump.
La frase revela una interpretación estratégica: Cuba no posee grandes recursos energéticos como Venezuela, pero cuenta con un activo geográfico de enorme valor por sus playas, su ubicación caribeña y su cercanía a Estados Unidos. En una eventual apertura económica, el sector turístico e inmobiliario cubano podría convertirse en un foco de interés para grandes inversores, especialmente estadounidenses.
Pero en el contexto actual, ese potencial está bloqueado por la confrontación política, las sanciones, las restricciones de viaje y la falta de garantías económicas. La industria turística se convierte así en un campo de presión: debilitarla implica reducir una fuente clave de divisas para el gobierno cubano y aumentar el costo interno de mantener el modelo económico actual.
La mención de una posible acción militar dentro del marco de presión añade un elemento de incertidumbre adicional. Para cualquier turista o inversor, la percepción de tensión política o riesgo geopolítico actúa como un fuerte desincentivo. Aunque la isla conserve atractivos naturales y culturales, el clima de confrontación reduce la confianza internacional.
Una industria atrapada entre hoteles construidos y visitantes ausentes
Durante años, el gobierno cubano apostó por ampliar la infraestructura hotelera incluso en medio de una economía deteriorada. Nuevas instalaciones fueron levantadas o remodeladas con la expectativa de que el turismo seguiría siendo un motor de ingresos. Sin embargo, esa estrategia hoy enfrenta fuertes cuestionamientos.
La paradoja es evidente: Cuba tiene hoteles, playas y patrimonio cultural, pero no logra atraer suficientes visitantes para llenar esa capacidad. La inversión en habitaciones contrasta con la escasez de alimentos, medicinas, transporte, electricidad y combustible que afecta al resto de la sociedad.
Esa brecha alimenta críticas internas y externas. Para muchos cubanos, la construcción de hoteles en años de crisis simbolizó una desconexión entre las prioridades del Estado y las necesidades de la población. Ahora, con habitaciones vacías y cadenas extranjeras en retirada, la apuesta turística parece menos rentable y más vulnerable.
La infraestructura hotelera, además, requiere mantenimiento constante, suministros estables, personal capacitado, alimentos de calidad, transporte eficiente, conectividad digital y servicios complementarios. Cuando esos elementos fallan, tener edificios modernos no garantiza competitividad.
De vacaciones caribeñas a “turismo oscuro”
Lucy Davies, directora de Cubania, una empresa especializada en viajes a la isla, expresó una preocupación que resume el cambio de percepción. “¿Quién querría viajar a un país que está en tan desesperada situación?”, cuestionó.
Davies señaló que los viajeros pueden aceptar cierto nivel de incomodidad durante unas vacaciones, especialmente en destinos complejos o con particularidades culturales. Sin embargo, la realidad actual de Cuba supera para muchos ese umbral. La experiencia puede empezar a percibirse como “turismo oscuro”, una forma de viaje marcada por el contacto directo con una crisis social profunda.
El concepto resulta especialmente sensible. Cuba siempre ha vendido una experiencia asociada a música, historia, playas, autenticidad y cultura popular. Pero cuando el visitante se encuentra con apagones, escasez, deterioro urbano, dificultades para pagar, limitaciones de transporte y una población visiblemente agotada, la narrativa turística cambia.
Ese giro afecta la decisión de viajar. Muchos potenciales visitantes no quieren sentirse incómodos disfrutando vacaciones en un lugar donde la población enfrenta carencias severas. Otros temen no encontrar servicios adecuados, seguridad logística o condiciones mínimas de confort. En ambos casos, la consecuencia es la misma: el destino pierde atractivo.
Cubania cambia recorridos turísticos por ayuda alimentaria
La transformación de Cubania ilustra cómo algunas empresas vinculadas al turismo han tenido que reinventarse. Ante la falta de viajeros, Davies explicó que está reclutando a antiguos clientes y personas preocupadas por el bienestar de los cubanos para financiar donaciones de alimentos en la isla.
La iniciativa busca ayudar a familias afectadas por la crisis y, al mismo tiempo, mantener ocupado a parte del personal local que ya no tiene turistas a quienes guiar. En vez de organizar recorridos culturales, algunos trabajadores participan ahora en redes de distribución de ayuda.
“No vamos a poder ayudar a todo el mundo. Será una gota en el océano, pero esto es lo que podemos hacer”, dijo Davies.
La frase muestra el cambio dramático del sector. Una empresa creada para conectar viajeros con la cultura cubana termina orientando parte de su estructura hacia la asistencia humanitaria. Esto revela que el desplome turístico no solo es económico, sino también social: detrás de cada guía sin clientes hay familias con menos ingresos, menos acceso a alimentos y menos capacidad para enfrentar la crisis.
Menos vuelos y más obstáculos para llegar a la isla
La conectividad aérea es otro punto crítico. La falta de combustible y los problemas operativos han llevado a varias aerolíneas a reducir, suspender o cancelar rutas hacia Cuba. Para un país insular, cada frecuencia perdida reduce las posibilidades de recuperación turística.
Menos vuelos significan menos asientos disponibles, precios más altos, conexiones más largas y menor flexibilidad para los viajeros. También afectan a agencias, hoteles y operadores que dependen de paquetes cerrados o flujos constantes desde mercados específicos.
La reducción de rutas golpea especialmente a los viajeros que no tienen vínculos familiares con Cuba y que pueden elegir entre múltiples destinos caribeños. Si llegar a la isla resulta más difícil o incierto que viajar a Punta Cana, Cancún, Aruba o Bahamas, muchos simplemente cambian de destino.
Además, la falta de combustible no solo afecta aviones. También repercute en taxis, excursiones, transporte interprovincial, logística hotelera y distribución de alimentos. Un turista puede llegar a un hotel, pero si el destino no garantiza movilidad, abastecimiento y servicios básicos, la experiencia se deteriora rápidamente.
Las dificultades de pago agravan la experiencia del visitante
A los problemas de vuelos y servicios se suman las restricciones financieras. La suspensión o limitación de operaciones de tarjetas internacionales como Visa y Mastercard complica la estancia de los viajeros extranjeros, especialmente en un país donde el acceso a efectivo y divisas ya suele ser difícil.
Para muchos turistas, pagar con tarjeta es parte básica de cualquier viaje. Si el destino exige llevar grandes cantidades de efectivo, buscar mecanismos alternativos o depender de sistemas locales poco confiables, aumenta la percepción de riesgo.
Esto también afecta a hoteles, restaurantes y negocios privados que necesitan captar consumo extranjero. La ausencia de canales de pago cómodos reduce ventas, limita reservas y dificulta operaciones con agencias internacionales. En turismo, la confianza financiera es tan importante como la playa o el hotel: si el viajero no sabe cómo pagará, probablemente no reserve.
El mercado estadounidense sigue bloqueado por restricciones legales
La cercanía de Cuba a Estados Unidos podría ser una ventaja enorme. La isla está a poca distancia de Florida y posee un atractivo histórico particular para viajeros estadounidenses. Sin embargo, el turismo ordinario desde Estados Unidos continúa prohibido.
Los ciudadanos estadounidenses deben acogerse a categorías autorizadas, como visitas familiares, periodismo, actividades educativas, proyectos humanitarios, investigaciones profesionales, apoyo al pueblo cubano u otras excepciones permitidas. Eso limita el flujo espontáneo de visitantes y reduce el acceso de Cuba a uno de los mercados turísticos más grandes del mundo.
Para el sector turístico cubano, esta restricción tiene consecuencias profundas. En un escenario normalizado, Estados Unidos podría aportar millones de visitantes por cercanía geográfica, vínculos familiares, curiosidad cultural y capacidad de gasto. Pero bajo el marco actual, ese mercado permanece condicionado por regulaciones, sanciones y tensiones políticas.
La isla depende entonces de Canadá, Europa, América Latina y otros mercados, pero muchos de ellos también han reducido presencia o enfrentan mayores dificultades para operar vuelos y paquetes turísticos.
Díaz-Canel intenta abrir los hoteles a cubanos dentro y fuera de la isla
En medio de la crisis, Miguel Díaz-Canel anunció en junio una propuesta inédita: permitir que cubanos residentes en la isla o en el extranjero puedan invertir y gestionar hoteles estatales. La medida forma parte de una nueva ola de reformas con la que el gobierno intenta rescatar una economía en caída.
“Estamos abiertos a cubanos que quieran invertir y gestionar hoteles”, dijo Díaz-Canel. También afirmó que esas oportunidades de negocio se han ofrecido a cubanos residentes fuera del país.
La declaración es significativa porque toca un sector históricamente estratégico para el Estado cubano. Durante décadas, el turismo de gran escala ha estado bajo control estatal o mediante asociaciones con cadenas extranjeras cuidadosamente seleccionadas. Abrir la puerta a cubanos privados, incluidos emigrados, implica reconocer que el modelo actual no está dando resultados suficientes.
Sin embargo, la propuesta llega en un contexto de urgencia. Más que una liberalización desde la estabilidad, parece una respuesta a la retirada de operadores, la baja ocupación y la falta de capital. El gobierno necesita mantener activos hoteles que generan costos, pero enfrenta cada vez más dificultades para operarlos con eficiencia.
Pedro Monreal advierte que la propuesta es poco realista
El economista cubano Pedro Monreal, radicado en España, expresó dudas sobre la viabilidad de esa idea. A su juicio, no es realista esperar que cubanos dentro o fuera de la isla puedan sustituir a cadenas hoteleras internacionales.
Monreal señaló que la operación hotelera a gran escala requiere capital significativo, vínculos establecidos con cadenas de suministro, experiencia administrativa, conocimiento del mercado, canales de distribución, capacidad de promoción y estándares de servicio que el sector privado cubano todavía no posee en el nivel necesario.
Su argumento apunta a una limitación estructural. Gestionar un hotel no consiste únicamente en ocupar una administración o recibir un inmueble. Implica abastecer alimentos y bebidas, garantizar mantenimiento, sostener servicios eléctricos e hidráulicos, formar personal, vender habitaciones en mercados internacionales, cumplir estándares de calidad, negociar con agencias, administrar plataformas de reserva y responder a expectativas de clientes globales.
El sector privado cubano ha crecido en áreas como restaurantes, pequeños comercios, transporte y servicios, pero pasar de esa escala a la gestión de grandes complejos hoteleros supone un salto difícil. En el caso de los cubanos en el exterior, además, pesan dudas sobre seguridad jurídica, garantías de inversión, repatriación de ganancias y relación con entidades estatales sancionadas.
La salida de cadenas extranjeras deja un vacío difícil de llenar
La presencia de cadenas internacionales en Cuba no solo aportaba marcas conocidas. También ofrecía experiencia operativa, redes de comercialización, acceso a mercados emisores, sistemas de reserva y estándares que ayudaban a posicionar los hoteles ante clientes extranjeros.
Cuando esas cadenas se retiran o reducen operaciones, el gobierno cubano pierde socios que funcionaban como puente con el turismo global. Sustituirlos no es sencillo, especialmente en un contexto de sanciones, baja conectividad y dificultades financieras.
Además, muchos turistas reservan por confianza en una marca. Un visitante europeo, canadiense o latinoamericano puede elegir un hotel porque reconoce la cadena, sabe qué esperar y confía en ciertos estándares mínimos. Si la gestión pasa a operadores menos conocidos o sin trayectoria internacional, la incertidumbre puede aumentar.
El desafío para Cuba no es solamente encontrar quién administre hoteles, sino reconstruir la confianza de mercados turísticos que han empezado a mirar hacia otros destinos.
El impacto social: menos propinas, menos divisas y más precariedad
La crisis turística golpea una de las fuentes de ingresos más importantes para muchas familias cubanas. En un país con salarios estatales insuficientes y una economía marcada por la inflación, trabajar directa o indirectamente con turistas podía significar acceso a divisas, alimentos, productos básicos y mejores oportunidades.
La caída de visitantes reduce propinas, ventas, reservas, traslados, excursiones y consumos. Esto afecta tanto al trabajador formal del hotel como al músico de plaza, al taxista particular, al dueño de una cafetería, al artesano o al arrendador de habitaciones.
También golpea al Estado, que necesita divisas para importar alimentos, combustible y otros productos esenciales. Menos turismo significa menos entrada de moneda fuerte en un momento en que la economía cubana enfrenta una de sus peores crisis en décadas.
La pérdida de ingresos turísticos puede agravar otros problemas internos: desabastecimiento, deterioro de servicios, apagones y presión migratoria. Cuando una industria clave se contrae, el efecto se multiplica en toda la economía.
Una crisis que no empezó con las sanciones, pero que las sanciones profundizan
Aunque las sanciones estadounidenses son un factor importante, la crisis turística cubana también responde a problemas internos acumulados. La falta de inversión eficiente en servicios básicos, el deterioro de infraestructuras, la rigidez del modelo económico, la escasez de combustible, la mala conectividad digital y la incapacidad para garantizar suministros han erosionado la competitividad del destino.
Durante años, Cuba apostó por el turismo como salvavidas económico, pero sin resolver las debilidades estructurales que sostienen esa industria. Un hotel puede ser moderno, pero necesita alimentos, electricidad, transporte, internet, agua, personal motivado y una ciudad funcional a su alrededor.
Las sanciones agravan ese cuadro porque limitan operaciones financieras, generan temor empresarial y reducen márgenes de acción para compañías extranjeras. Pero el deterioro interno ya venía golpeando la experiencia turística y la percepción internacional del país.
Por eso, el desplome actual debe entenderse como la combinación de presión externa y fallas internas. El resultado es una tormenta perfecta para el sector.
El turismo cubano ante un círculo vicioso
Cuba enfrenta ahora un círculo difícil de romper. La falta de turistas reduce ingresos. La falta de ingresos deteriora servicios. El deterioro de servicios aleja a más turistas. Y la salida de operadores internacionales reduce todavía más la capacidad de recuperación.
Para revertir esa dinámica, no bastaría con abrir hoteles a nuevos gestores. Sería necesario recuperar conectividad aérea, garantizar pagos internacionales, mejorar infraestructura, estabilizar el suministro de combustible, elevar la calidad de servicios, ofrecer seguridad jurídica a inversores y reconstruir la confianza de los viajeros.
También haría falta resolver una contradicción de fondo: el país quiere atraer turismo internacional, pero la crisis cotidiana que vive la población se ha vuelto imposible de ocultar. Los visitantes no llegan a una burbuja completamente aislada. Ven apagones, escasez, deterioro urbano y trabajadores que intentan sobrevivir con ingresos cada vez más inciertos.
Un sector clave entra en una etapa decisiva
La postal de hoteles vacíos no es solo una mala temporada turística. Es una señal de alarma para una economía que depende de divisas y que ha perdido capacidad para competir incluso en uno de sus sectores más promocionados.
Cuba conserva atributos que durante décadas la hicieron atractiva: playas, cultura, música, historia, arquitectura, cercanía a Estados Unidos y una identidad reconocible en el mundo. Pero esos activos no bastan si el destino no puede garantizar servicios, conectividad, estabilidad y confianza.
La frase de Elio en La Habana Vieja —“No hay turistas”— condensa una crisis que va mucho más allá del turismo. Habla de trabajadores sin ingresos, cadenas internacionales en retirada, hoteles sin ocupación, emprendedores al límite, sanciones externas, reformas tardías y una economía que intenta sostenerse con cada vez menos margen.
El desafío para Cuba no es solamente volver a llenar hoteles. Es recuperar la credibilidad de un destino que alguna vez fue una de las grandes apuestas del Caribe y que hoy parece atrapado entre su potencial turístico y una crisis nacional que lo desborda.





