Alfredo Despaigne y Frederich Cepeda

A pocas horas del comienzo de la Serie del Caribe Culiacán 2017, muchos cubanos se preguntan qué pasará con la novena de casa: ¿Habría otro escandaloso resultado? ¿Podrían los Alazanes de Granma escribir páginas gloriosas como lo hicieron los Alacranes de Almendares (1949 y 1959), Leones del Habana (1952), Elefantes de Cienfuegos (1956 y 1960), Tigres de Marianao (1957-58) o los Vegueros de Pinar del Río (2015)? Interrogantes como estas encontrarán respuesta en la semana del 1 al 7 de febrero próximo.


Sí, sería más sensato esperar. Porque, en ocasiones, se nos olvida que entre las líneas de cal cualquier cosa puede suceder: ¿Recuerdan a los Naranjas de Villa Clara en 2014?

Aquella novena llegó con tantos bombos y platillos que, luego de ser abochornada por sus primeros tres rivales (9×4, 8×5 y 9×2), precisó de 132 pitcheos de Vicyohandry Odelín —quien ya no tenía su brazo en buen estado— para sonreír por única vez. Esa primera experiencia después de 54 años fuera de la justa caribeña, obligó a las autoridades deportivas de la isla a reforzarse de cara a la segunda edición luego del regreso al evento.

¿Qué sucedió con el team Cuba, esta vez representados por Vegueros de Pinar del Río?: En un torneo que parecía preñado del desamparo de la suerte beisbolera, unido a la poca eficiencia de los peloteros a inicios de este corto torneo, nos llevó a discutir ante Puerto Rico el chance de cruzar a la segunda ronda.

Esa nómina era muy diferente a la del año anterior. Habían muchos más refuerzos, sobre todo en la receptoría con Yosvani Alarcón y las esquinas, donde jugaron Luis Yander La O y Alexander Malleta. La línea central la completaban Yulieski Gurriel y Luis Valdés alrededor de segunda, Giorvis Duvergel en el jardín central, y en las bandas Roel Santos con Alfredo Despaigne. El designado era el mismísimo Frederich Cepeda.


Un hit de Santos sacó a flote a Cuba, y la victoria sobre los Cangrejeros de Santurce parecía el último sorbo de esperanza de la nave que comandaba el pícaro y conocedor Alfonso Urquiola —un mentor con haché siempre que está dentro del diamante, tabaco en mano—. La próxima cita de Cuba se tejía igual a una carrera de pesimismo en la cual le tocaría derribar una meta inmensa como el Muro de Berlín: los Caribes de Anzoátegui, quienes habían paseado invictos 4-0 al llegar a la muerte súbita.

El team venezolano lo tenía todo y, por si fuera poco, inició ganando 4-0, con uno de sus ases, el diestro Daryl Thompson y el bate de otro cubano, el isleño Félix Pérez. Aquí me detengo. He escuchado por años —desde que tengo uso de razón de bolas y strikes— que un equipo no es tan malo cuando pierde, ni tan bueno cuando gana. Así pues, bajo ese refrán y de la noche a la mañana, los Vegueros de Pinar del Río fueron guiados por el madero de Yulieski Gurriel —remolcó la igualada— y un bateador de talla gigantesca que vivió su noche de gloria… ¡Una noche más de gloria!: Frederich Cepeda.

Cepeda degolló cada pitcheo de los Caribes, bateó de 5-4 con cinco remolcadas, par de tubeyes y un triple. Fue sensacional en palabras mayúsculas. De esa manera, y gracias a la dupla monticular de Norge Luis Ruiz y Héctor Mendoza, Cuba borró de golpe y porrazo todo lo feo, vulnerable y desenfocado que se había visto.




El triunfo le valía para discutir la finalísima ante México, y jamás nadie los pudo detener: Yosvany Torres actuó como los dioses del box, Yulieski Gurriel botó la pelota y el triunfo 3×2 tenía el sabor a campeonato.

En par de ediciones le habíamos visto dos caras a la moneda, pero con el mismo sello: Los cubanos no solo se veían desempeñándose en un nivel superior, sino que para lograr el éxito —en el segundo caso—, tuvieron que apelar rápidamente a estrategias y ajustes que no suelen hacer en la pelota de la isla, sobre todo por el bajón de calidad de la misma.

En San Juan, los Vegueros que ganaron los últimos dos juegos decisivos, en sus anteriores cuatro choques habían sido el espejo de los villaclareños de Isla Margarita 2014 y los Tigres de Ciego de Ávila 2016: los bateadores le hacían swing a todo —en estas ligas hay muchos lanzadores que viven de engañar, que tienen pitcheos muy efectivos y variedad en un amplio repertorio—, daba igual en qué conteo era. Abanicar en dos strike era tan parecido como atarse al primer pitcheo del turno, y los lanzadores nuestros no encajaban con la depurada zona de strike de los árbitros del Caribe que, insisto, es genial. ¡Ojalá la tuvieran los umpires de las Series Nacionales cubanas!

Y qué decir de la defensiva. Nuestros jugadores de cuadro no están adaptados a tener que desenvolverse rápidamente de la pelota y sus tiros tenían poca estamina, a diferencia de aquellos que dispararon Yulieski Gurriel y Luis Yander La O. Yorbis Borroto no pudo hacer el mismo trabajo, como tampoco el camarero José Miguel Fernández, quienes, defensivamente, están distantes de la exigente carrera home-primera de los bateadores en estas ligas invernales.

Todo eso, lo digo y lo repito, nos lastró en este regreso al clásico caribeño. Y lo peor es que no mejorará, al menos por ahora. Solo existe un por qué y ya lo sabemos bien claro: Cuba necesita expandirse, sino seguirá de una forma u otra perdiendo el talento.

El béisbol no cambiará para la cita de este febrero próximo en Culiacán. La selección de la Mayor de las Antillas volverá a tener que vencer asignaturas pendientes, no solo de la parte individual, sino de manera colectiva.

¿Escándalo o gloria? Creo que, de alguna forma, ya estamos acostumbrados a algunos de estos dos sucesos. ¿Qué sucederá? Pues, al menos, cuatro juegos de pelota exigentes en los que una vez más saldrá a relucir el terreno perdido.