Reconexión del sistema eléctrico en Cuba no evita otra jornada de apagones masivos, el déficit supera los 2,000 MW

CTE Antonio Guietas. Foto: Video de YouTube de Cubavisión Internacional

La Unión Eléctrica de Cuba informó que el Sistema Electroenergético Nacional volvió a quedar interconectado durante la madrugada de este miércoles, después del apagón masivo que dejó a la isla en una nueva situación de emergencia energética. Sin embargo, la reconexión técnica de la red no significó una recuperación real del servicio para la población. El país continúa bajo apagones prolongados, con una generación insuficiente, termoeléctricas fuera de servicio, falta de combustible y un déficit eléctrico que en el horario pico supera los 2,000 megavatios.

El restablecimiento nacional fue anunciado a la 1:10 de la madrugada del miércoles 8 de julio, luego de un proceso gradual de recuperación que permitió enlazar nuevamente las provincias al sistema. Como parte de ese proceso entró la Unidad 1 de la termoeléctrica Lidio Ramón Pérez, conocida como Felton, en Holguín, una de las instalaciones más importantes del oriente cubano.


Pero el dato que mejor resume la gravedad de la crisis no es la reconexión, sino la distancia entre lo que Cuba puede generar y lo que realmente necesita consumir. A las 6:00 de la mañana, la disponibilidad del sistema era de apenas 1,000 MW frente a una demanda de 2,750 MW, con 1,780 MW afectados. Para el horario de la noche, el escenario es todavía más severo: la UNE estimó una disponibilidad de 1,083 MW para una demanda de 3,100 MW, con un déficit de 2,017 MW y una afectación prevista de 2,047 MW.

En términos prácticos, eso significa que aunque el sistema vuelva a estar conectado, no existe energía suficiente para abastecer al país. La red puede estar técnicamente unida, pero millones de cubanos siguen sin electricidad durante buena parte del día.

Una reconexión que no devuelve la normalidad

El anuncio de la UNE marca un alivio operativo después de la desconexión nacional iniciada el lunes, pero no representa una solución de fondo. La red eléctrica cubana volvió a operar de manera interconectada, aunque en condiciones extremadamente frágiles y con una reserva prácticamente inexistente.

El apagón nacional se originó tras la salida de la Unidad 6 de la termoeléctrica de Nuevitas, en Camagüey. La caída de esa unidad provocó una reacción en cadena que terminó en otra desconexión total del Sistema Electroenergético Nacional. Se trata de la séptima caída completa del SEN en los últimos 18 meses y la tercera registrada en 2026, una frecuencia que evidencia el deterioro acumulado de la infraestructura eléctrica del país.

El restablecimiento fue escalonado. Primero se logró reconectar el sistema desde Pinar del Río hasta Holguín y luego se completó la interconexión nacional durante la madrugada. Sin embargo, esa recuperación ocurre sobre una base inestable: varias plantas permanecen averiadas, otras están en mantenimiento y la generación distribuida continúa golpeada por la escasez de combustible.


La diferencia entre reconectar el sistema y garantizar electricidad a la población es clave. La primera acción permite que las provincias vuelvan a integrarse a una red nacional. La segunda exige capacidad de generación suficiente, combustible, estabilidad técnica y reservas para responder a fallas. Cuba, en este momento, carece de casi todos esos elementos.

Termoeléctricas envejecidas y una red que opera al límite

El corazón del problema está en el estado crítico del parque termoeléctrico cubano. Las principales plantas del país arrastran años de explotación, reparaciones parciales, falta de piezas, mantenimientos postergados y averías recurrentes. Cada salida de una unidad importante deja al sistema sin margen de maniobra.

Según el reporte de la UNE, permanecen fuera de servicio unidades de las centrales termoeléctricas de Mariel, Antonio Guiteras, Cienfuegos, Diez de Octubre y Felton. También están en mantenimiento unidades de la CTE Habana, Nuevitas y Renté. Esa combinación de averías y trabajos técnicos reduce de manera drástica la capacidad disponible.

Las limitaciones en la generación térmica suman 255 MW, una cifra importante en un sistema que ya está operando con déficit extremo. Para el horario pico se esperaba la entrada de la Unidad 5 de Mariel, con 48 MW, y de la Unidad 3 de Renté, con 35 MW. En conjunto, esos aportes sumarían apenas 83 MW adicionales, una cantidad insuficiente frente a una afectación estimada por encima de los 2,000 MW.

El caso de la termoeléctrica Antonio Guiteras es especialmente significativo. La UNE prevé sincronizarla este jueves para aportar alrededor de 200 MW, pero la planta acumula 17 salidas del sistema solo en 2026 y no recibe mantenimiento capital desde 2010. Esa inestabilidad convierte cada nueva sincronización en una solución temporal, no en una garantía de estabilidad.

La Guiteras, ubicada en Matanzas, ha sido durante años una de las unidades más importantes del sistema eléctrico cubano por su capacidad de generación. Pero también se ha transformado en símbolo del deterioro energético del país: una planta estratégica que entra y sale del sistema con frecuencia, en medio de reparaciones urgentes y sin una modernización integral.

El déficit eléctrico supera la capacidad de respuesta del sistema

La magnitud del déficit anunciado por la UNE muestra que la crisis no depende únicamente de una avería puntual. La demanda nacional supera ampliamente la capacidad real de generación disponible, y el sistema no cuenta con reservas suficientes para compensar la salida de plantas o el aumento del consumo.

Para el horario pico, la demanda prevista fue de 3,100 MW, mientras que la disponibilidad apenas llegaría a 1,083 MW. Esa diferencia deja al país con más de dos tercios de la demanda sin respaldo efectivo. En otras palabras, incluso con todas las maniobras de recuperación anunciadas, la electricidad disponible no alcanza para sostener un servicio mínimamente estable.

La afectación prevista de 2,047 MW implica apagones extendidos en gran parte del territorio nacional. Estas cifras ayudan a explicar por qué la reconexión del SEN no se traduce en corriente para los hogares. La red puede volver a funcionar como sistema nacional, pero si no hay suficiente energía, los cortes continúan siendo inevitables.

En los últimos años, las autoridades cubanas han recurrido a planes de rotación de apagones, sincronizaciones parciales, incorporación de motores de generación distribuida y entradas temporales de termoeléctricas. Sin embargo, cada medida parece funcionar apenas como contención momentánea ante un problema estructural mucho más profundo.

La energía solar aporta durante el día, pero no cubre el momento más crítico

La generación solar fotovoltaica aparece en los reportes oficiales como uno de los componentes llamados a aliviar la crisis. El martes, los 54 parques solares del país generaron 2,512 MWh y alcanzaron una potencia máxima de 548 MW en las horas de mayor radiación.

Ese aporte tiene valor durante el día, especialmente en momentos de alto consumo institucional o productivo. Sin embargo, no resuelve el principal cuello de botella del sistema: el horario nocturno. La mayor afectación suele producirse al caer la tarde y durante la noche, cuando baja a cero la generación solar y aumenta la demanda residencial.

La electricidad solar, por sí sola, no puede sustituir la falta de capacidad térmica ni compensar la escasez de combustible si no existe almacenamiento suficiente o una red robusta que permita equilibrar la generación. En Cuba, los parques solares ayudan a reducir parte de la presión diurna, pero no eliminan los apagones nocturnos ni evitan el colapso cuando salen unidades termoeléctricas importantes.

La apuesta por la energía renovable enfrenta además un desafío de escala. Para compensar déficits superiores a 2,000 MW, el país necesitaría no solo instalar más parques solares, sino también contar con baterías, infraestructura de respaldo, mantenimiento, financiamiento y una planificación capaz de integrar esas fuentes al sistema sin aumentar su vulnerabilidad.

La falta de combustible agrava el colapso

Junto al deterioro de las termoeléctricas, la escasez de combustible es uno de los factores que más golpea al sistema eléctrico cubano. Cuba no recibe petróleo hace más de tres meses y la producción nacional ronda los 40,000 barriles diarios, una cantidad muy inferior a los 90,000 o 110,000 barriles que se necesitan para que el sistema funcione.

La falta de combustible impacta especialmente a la generación distribuida, que depende de motores y grupos electrógenos ubicados en diferentes territorios del país. Según la información disponible, 106 centrales de generación distribuida están paralizadas por esa causa, lo que deja fuera de servicio 890 MW.

Esa cifra es determinante. En un escenario de déficit extremo, casi 900 MW indisponibles por combustible representan una pérdida que podría aliviar de forma considerable la afectación si estuviera operativa. Pero sin suministro estable, esa capacidad instalada permanece inutilizada.

El problema energético cubano, por tanto, combina dos crisis al mismo tiempo: una crisis de infraestructura y una crisis de abastecimiento. Aunque se reparen algunas unidades, sin combustible suficiente el sistema no puede estabilizarse. Y aunque llegue combustible, las termoeléctricas envejecidas siguen siendo propensas a averías.

El costo cotidiano: calor, alimentos perdidos y familias sin agua

Para la población, los reportes técnicos de la UNE se traducen en una realidad mucho más concreta: horas de oscuridad, refrigeradores apagados, alimentos dañados, imposibilidad de descansar por el calor, falta de agua por la paralización de sistemas de bombeo y dificultades para cocinar, estudiar o trabajar.

Los apagones prolongados también afectan la conectividad, los servicios telefónicos, los negocios privados, los hospitales, las escuelas y la transportación. En muchos barrios, la electricidad determina incluso la posibilidad de cargar un teléfono, conservar medicamentos o mantener funcionando pequeños emprendimientos familiares.

En viviendas con adultos mayores, niños pequeños o personas enfermas, los cortes eléctricos pueden convertirse en un problema de salud y seguridad. La falta de ventilación en medio del calor, la interrupción del suministro de agua y la imposibilidad de conservar alimentos elevan la tensión social y familiar.

La crisis eléctrica ya no se percibe como un episodio temporal. Para muchos cubanos, los apagones forman parte de una normalidad agotadora, marcada por la incertidumbre de no saber cuándo se irá la corriente ni cuándo regresará.

Cacerolazos y señales de creciente malestar social

El descontento ciudadano ha comenzado a expresarse nuevamente en la calle. Tras el nuevo colapso del sistema, se reportaron cacerolazos en Alamar y en La Hata, Guanabacoa. En algunas zonas también se habló de quema de basura en la vía pública como forma de protesta.

Estos episodios reflejan un malestar que va más allá del apagón puntual. La electricidad se ha convertido en un detonante de frustración social porque concentra muchos de los problemas cotidianos que atraviesan los cubanos: escasez, inflación, deterioro de los servicios básicos, falta de transporte, crisis alimentaria y pérdida de confianza en las respuestas oficiales.

En zonas de Matanzas, los cortes habrían llegado hasta 87 horas consecutivas, una cifra que muestra la dimensión del impacto fuera de la capital. En La Habana, el promedio ronda las 15 horas diarias sin electricidad, lo que agrava la irritación en barrios densamente poblados donde el calor, la falta de agua y el hacinamiento hacen más difícil soportar los apagones.

Las protestas por electricidad no son nuevas en Cuba, pero adquieren una mayor carga política en un contexto de crisis económica sostenida. Cada corte prolongado alimenta la percepción de abandono y de falta de soluciones reales por parte del gobierno.

Siete colapsos en 18 meses: una crisis estructural

La nueva desconexión nacional confirma que el sistema eléctrico cubano atraviesa una fase crítica. Siete colapsos totales en 18 meses no pueden explicarse como incidentes aislados. La repetición de eventos de gran escala apunta a un deterioro estructural, donde cualquier falla importante puede desestabilizar toda la red.

La tercera desconexión de 2026 ocurre en un año particularmente complejo para el país, marcado por la falta de combustible, la caída de la generación, la presión social y la limitada capacidad financiera para acometer inversiones de gran escala. Las reparaciones parciales permiten recuperar unidades por períodos breves, pero no cambian el estado general del sistema.

El envejecimiento tecnológico de las termoeléctricas, la dependencia de combustible importado, las dificultades para acceder a piezas y financiamiento, y la ausencia de una reserva energética robusta han dejado al SEN en una situación de vulnerabilidad permanente.

Cada reconexión nacional es presentada como un logro operativo, pero la reiteración de colapsos erosiona la confianza pública. La población ve que el sistema se recupera, vuelve a fallar y se recupera otra vez, mientras los apagones se mantienen como una carga diaria.

La fragilidad de la Guiteras y el efecto dominó de las averías

La eventual entrada de la termoeléctrica Antonio Guiteras podría aportar unos 200 MW, una cantidad relevante para reducir parte de la afectación. Sin embargo, su historial reciente genera dudas sobre la duración de cualquier mejora. Con 17 salidas del sistema en lo que va de 2026, la planta no ofrece garantías de estabilidad prolongada.

La Guiteras ha sido durante décadas una de las unidades más importantes del sistema por su potencia y ubicación estratégica. Pero su deterioro impacta directamente en la capacidad nacional para sostener el servicio. Cuando sale de operación, el déficit aumenta de forma inmediata y obliga a extender apagones.

El problema se repite con otras plantas. En un sistema sin reservas, la salida de una unidad en Nuevitas, Felton, Mariel o Renté puede provocar un efecto dominó. Si varias unidades coinciden fuera de servicio, la red queda sin capacidad de respuesta y aumenta el riesgo de desconexiones más amplias.

La infraestructura eléctrica cubana funciona hoy con muy poco margen. Eso significa que no solo importa cuánta energía se genera, sino cuánta capacidad de respaldo existe para enfrentar imprevistos. En el caso cubano, esa capacidad es mínima.

El discurso oficial frente a una realidad cada vez más difícil de ocultar

Las autoridades suelen explicar los apagones a partir de averías, mantenimientos, déficit de generación y limitaciones de combustible. Aunque esos factores son reales, el deterioro sostenido del sistema ha hecho que las justificaciones técnicas sean insuficientes para una población agotada.

Los cubanos reciben diariamente partes de la UNE con cifras de disponibilidad, demanda, déficit y afectación. Pero detrás de esos números hay una pregunta cada vez más repetida: cuándo podrá estabilizarse realmente el servicio.

La reconexión nacional permite al gobierno comunicar que el sistema fue recuperado, pero la continuidad de apagones masivos reduce el impacto de ese anuncio. Para la gente, la recuperación solo se mide cuando vuelve la electricidad al hogar y se mantiene durante horas suficientes para vivir con cierta normalidad.

En ese contraste entre el lenguaje técnico oficial y la experiencia cotidiana se profundiza el desgaste social. El país puede estar “interconectado”, pero sigue a oscuras.

Un problema que golpea también a la economía

La crisis eléctrica no solo afecta a los hogares. También impacta la actividad económica, tanto estatal como privada. Comercios, cafeterías, talleres, servicios de refrigeración, transporte, telecomunicaciones y pequeños negocios dependen de un suministro estable para operar.

Los apagones elevan los costos de quienes pueden utilizar plantas eléctricas, combustible o baterías, y dejan fuera de juego a quienes no tienen recursos para alternativas. Esto amplía las desigualdades entre familias y negocios con capacidad de respaldo y aquellos que dependen completamente de la red nacional.

La producción de alimentos, la conservación de mercancías, la atención en centros de salud y el funcionamiento de servicios administrativos también se ven afectados. En una economía ya golpeada por la inflación, la escasez y la emigración, la inestabilidad eléctrica actúa como un freno adicional.

En el caso de los hogares, cada apagón puede representar pérdidas directas: comida dañada, electrodomésticos averiados por fluctuaciones de voltaje, gastos extra en combustible o transporte, y jornadas laborales interrumpidas.

Sin una solución inmediata a la vista

La reconexión del Sistema Electroenergético Nacional evita, por ahora, que el país permanezca dividido eléctricamente, pero no resuelve la causa central de la crisis. Cuba sigue generando mucho menos de lo que consume y depende de plantas envejecidas, combustible insuficiente y reparaciones de emergencia.

La posible entrada de algunas unidades puede reducir la afectación durante determinadas horas, pero el margen sigue siendo demasiado estrecho. Si una planta importante vuelve a salir del sistema, el país podría enfrentar nuevos apagones masivos o incluso otra desconexión nacional.

La crisis eléctrica cubana se ha convertido en uno de los síntomas más visibles del deterioro económico y social del país. No es solo una falla técnica ni una sucesión de averías. Es el resultado de años de falta de inversión, dependencia energética, infraestructura envejecida y una demanda que el sistema ya no logra cubrir.

Mientras la UNE reporta avances parciales y nuevas sincronizaciones, los cubanos siguen organizando sus días alrededor de los apagones. La pregunta ya no es solo cuándo volverá la corriente, sino cuánto tiempo podrá mantenerse antes del próximo corte.

La isla volvió a reconectar su sistema eléctrico, pero continúa lejos de recuperar la normalidad. En Cuba, la red puede estar unida, las provincias pueden aparecer integradas al SEN y las plantas pueden entrar de forma temporal. Pero para millones de personas, la realidad sigue siendo la misma: largas horas sin luz, sin descanso y sin una solución definitiva en el horizonte.


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