
La congresista estadounidense María Elvira Salazar arremetió contra el régimen cubano tras los actos de repudio organizados en Camagüey contra el jefe de misión de Estados Unidos en La Habana, un episodio que calificó como una señal clara del deterioro político y la pérdida de legitimidad del sistema en la Isla.
En sus declaraciones, la legisladora republicana sostuvo que “una dictadura que necesita turbas para sobrevivir es una dictadura en su fase final”, una frase que resume su lectura del momento que atraviesa el poder en Cuba y que ha generado amplio eco en medios y redes sociales.
Un incidente que desató la denuncia
El pronunciamiento de Salazar en su cuenta de X se produjo luego de que un grupo de personas bajo órdenes de la Seguridad del Estado enfrentara a Mike Hammer, jefe de misión de Estados Unidos en La Habana, durante un recorrido por la central provincia. Según las denuncias, los manifestantes corearon consignas políticas y realizaron acciones coordinadas contra el diplomático, en un escenario que recordó los tradicionales actos de repudio utilizados por el régimen cubano.
Para la congresista, lo ocurrido no fue un acto espontáneo de ciudadanos, sino una acción organizada desde el aparato estatal, diseñada para intimidar y enviar un mensaje político tanto al diplomático como a la comunidad internacional.
Estados Unidos no permitirá que se normalice el terror de Estado contra un diplomático estadounidense. Están jugando con fuego», escribió en claro mensaje a las tensiones entre ambos gobiernos que por estos días son titulares en la región y el mundo.
“Emboscadas” y coerción política
Salazar calificó el episodio como una “emboscada cobarde”, denunciando que el régimen recurre a la presión colectiva y al acoso público como instrumentos de control. En su valoración, la necesidad de movilizar turbas para enfrentar una visita diplomática evidencia la fragilidad del poder en La Habana.
La congresista subrayó que un gobierno seguro de sí mismo no necesita recurrir a la intimidación ni al hostigamiento para sostener su discurso, y menos aún frente a representantes de otro país.
Respaldo al diplomático estadounidense
En su mensaje, Salazar expresó solidaridad con Mike Hammer y condenó lo ocurrido como una violación del respeto mínimo que debe regir las relaciones diplomáticas. A su juicio, este tipo de acciones no fortalecen al régimen, sino que lo exhiben como un sistema incapaz de tolerar la observación externa o el contacto directo con la realidad cubana.
La legisladora insistió en que el episodio confirma que el régimen se siente acorralado y responde con métodos que, lejos de proyectar autoridad, revelan debilidad.
El hecho al que se refirió Salazar se registró el sábado en el Hotel Santa María, en la Plaza del Gallo de Camagüey, cuando Mike Hammer fue rodeado y hostigado por un grupo de personas organizado desde instancias oficiales. Grabaciones divulgadas posteriormente por activistas y periodistas independientes evidencian cómo los presentes lanzaban insultos y consignas políticas, entre ellas “imperialista”, “títere de Trump” y “fuera de Camagüey”.
Una lectura política del momento cubano
Más allá del incidente puntual, Salazar utilizó lo ocurrido para reforzar su diagnóstico sobre la situación en Cuba. Según la congresista, el uso reiterado de actos de repudio demuestra que el sistema depende cada vez más del miedo, la presión social y la movilización forzada para mantener el control.
En declaraciones previas, la legisladora ha sostenido que figuras como Miguel Díaz-Canel, Raúl Castro y Bruno Rodríguez forman parte de una estructura cerrada que, en su opinión, ha perdido legitimidad y capacidad de diálogo real.
Los actos de repudio como mecanismo de control en Cuba
Los actos de repudio han sido utilizados por el régimen cubano desde los primeros años posteriores a 1959 como un mecanismo de control e intimidación política, presentados oficialmente como expresiones “espontáneas” del pueblo, pero señalados por activistas y observadores como acciones organizadas desde el Estado. Su uso se intensificó en momentos de crisis como el éxodo del Mariel en 1980 y la Crisis de los Balseros de 1994, y con el paso del tiempo se ha aplicado contra disidentes, periodistas independientes, artistas y manifestantes, con participación de estructuras oficiales como los Comités de Defensa de la Revolución o el Partido Comunista.
Para analistas críticos, la persistencia de estas prácticas refleja la incapacidad del sistema para gestionar el disenso por vías institucionales y evidencia el desgaste de un modelo que recurre a la presión colectiva para sostenerse.
Impacto en la relación entre Washington y La Habana
El incidente en Camagüey se suma a un contexto de tensiones persistentes entre Estados Unidos y Cuba, en el que los gestos simbólicos y los mensajes políticos adquieren especial relevancia. Para Salazar, acciones como esta no solo deterioran la imagen internacional del régimen, sino que refuerzan las denuncias sobre la falta de libertades y el uso sistemático de la intimidación política.
La congresista concluyó que la reacción del régimen frente a la presencia diplomática extranjera es una señal inequívoca de desgaste interno y una muestra de que el sistema atraviesa una etapa de profunda fragilidad.




