
Estados Unidos volvió a elevar el nivel de su presencia estratégica frente a Cuba con el despliegue de un globo aerostático de vigilancia de alta tecnología, conocido como el Sistema de Radar Aerostático Cautivo (TARS), una plataforma militar apodada “el ojo en el cielo” por su capacidad para observar de forma constante grandes extensiones del espacio aéreo y marítimo.
El dispositivo, identificado como N807XR, opera desde los cayos del sur de Florida, específicamente al norte de Cayo Cudjoe, a una altitud aproximada de 2,5 kilómetros. Desde esa posición estratégica, el sistema se encuentra a unos 145 kilómetros de La Habana, lo que le permite monitorear amplias zonas del Estrecho de la Florida y áreas cercanas al territorio cubano.
¿Qué es el TARS y por qué es clave?
El Sistema de Radar Aerostático Cautivo no es un elemento nuevo en el arsenal de vigilancia estadounidense, pero su activación frente a Cuba en este momento resulta especialmente significativa. Se trata de un globo anclado al suelo mediante cables, equipado con radares de largo alcance capaces de detectar aeronaves, embarcaciones y otros movimientos a baja y media altitud.
A diferencia de aviones o drones, el TARS puede permanecer operativo durante largos períodos, ofreciendo vigilancia continua con menores costos logísticos. Tradicionalmente ha sido utilizado para combatir el narcotráfico y la migración irregular, pero su alcance y capacidades también lo convierten en una poderosa herramienta de observación militar y estratégica.
Una escalada visible de operaciones militares
El despliegue del globo aerostático no es un hecho aislado. En las últimas semanas, Estados Unidos ha intensificado de forma notable sus operaciones de inteligencia y patrullaje en las cercanías de Cuba. A la vigilancia aérea se suma la presencia de buques militares estadounidenses navegando en aguas del Caribe y del Atlántico occidental.
En paralelo, se han registrado vuelos recurrentes de plataformas especializadas como el RC-135 Rivet Joint, un avión espía diseñado para interceptar comunicaciones y señales electrónicas; el dron estratégico MQ-4C Triton, capaz de cubrir enormes distancias durante misiones prolongadas; y el P-8A Poseidon, una aeronave de patrullaje marítimo utilizada para el seguimiento de embarcaciones y submarinos.
Este despliegue combinado sugiere una operación de vigilancia integral, con monitoreo simultáneo desde el aire, el mar y sistemas aerostáticos, algo poco habitual fuera de escenarios de alta sensibilidad geopolítica.
El trasfondo político: sanciones, petróleo y tensiones bilaterales
La intensificación de la vigilancia ocurre en un contexto de crecientes fricciones entre Washington y La Habana. Recientemente, el presidente Donald J. Trump calificó al régimen cubano como una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos, un pronunciamiento que marcó un endurecimiento del discurso oficial.
Desde la Casa Blanca también se lanzaron advertencias sobre posibles sanciones relacionadas con el suministro de petróleo a la Isla, un punto neurálgico para la economía cubana. Washington ha señalado que el apoyo energético externo contribuye a sostener al régimen, y ha dejado claro que podría actuar contra actores involucrados en ese flujo de combustible.
Estas declaraciones han sido interpretadas por analistas como una señal de que Estados Unidos busca incrementar la presión política, económica y estratégica, utilizando la vigilancia militar como respaldo tangible a su postura diplomática.
El Caribe vuelve al centro del tablero estratégico
Para expertos en seguridad regional, el despliegue del TARS frente a Cuba refuerza la idea de que el Caribe ha recuperado protagonismo en la agenda de defensa estadounidense. La cercanía geográfica, el historial de tensiones y el actual contexto internacional convierten a la zona en un espacio altamente sensible.
Desde los cayos de Florida, el “ojo en el cielo” permite a Washington mantener una observación constante y detallada, enviando al mismo tiempo un mensaje claro sobre su capacidad de respuesta y control en el área.
Más allá de su valor tecnológico, el globo aerostático desplegado frente a Cuba es un símbolo de la nueva etapa de tensión entre ambos países. Cada radar activado, cada vuelo de reconocimiento y cada patrullaje naval refuerzan la percepción de que el conflicto político se traslada al plano estratégico. En un Caribe cargado de historia y rivalidades, el cielo vuelve a ser escenario de una vigilancia que observa mucho más que simples movimientos: observa intenciones.





