
Las recientes declaraciones del humorista cubano Geonel Martín, conocido como Gustavito, han provocado una fuerte polémica en redes sociales y, sobre todo, un profundo malestar entre muchos cubanos que han sufrido en carne propia la represión, la miseria y la falta de libertades en la Isla.
Durante una entrevista en el pódcast La Familia Cubana, Gustavito afirmó sin rodeos que “era más feliz en Cuba” que en Estados Unidos, una frase que, aunque él intentó matizar después, fue recibida por muchos como una falta de sensibilidad hacia quienes no tuvieron el privilegio de vivir una Cuba “más llevadera”.
Una felicidad que no fue igual para todos
El problema central de sus palabras no radica en la nostalgia personal —algo común entre emigrantes— sino en romantizar una realidad que para millones fue y sigue siendo asfixiante. Mientras Gustavito hablaba de felicidad, otros cubanos hacían colas interminables para conseguir comida, sufrían apagones diarios, eran perseguidos por pensar diferente o simplemente no tenían futuro alguno.
Para muchos, resulta especialmente ofensivo que esta reflexión venga de alguien que sí pudo emigrar, establecerse en Estados Unidos y garantizar mejores oportunidades para su familia, algo que el propio humorista reconoce implícitamente al admitir que Cuba está “destruida”.
El discurso ambiguo que incomoda
Gustavito intentó suavizar su afirmación asegurando que su felicidad en Cuba estaba vinculada a los afectos, al público y a su entorno cultural. Sin embargo, esa aclaración no evitó la crítica:
👉 ¿Se puede hablar de felicidad ignorando el contexto político, económico y social que obligó a millones a irse?
En redes sociales, numerosos usuarios señalaron que este tipo de mensajes alimentan narrativas peligrosas, utilizadas con frecuencia por el régimen cubano y sus simpatizantes para minimizar el éxodo masivo y el sufrimiento cotidiano del pueblo.
Nostalgia vs. responsabilidad pública
Como figura pública, Gustavito no habla solo a título personal. Sus palabras tienen peso, alcance y consecuencias. Para muchos cubanos en el exilio, su confesión refleja una desconexión con la realidad actual de la Isla y con el dolor de quienes no tuvieron una etapa “feliz” que recordar.
La nostalgia es humana. Pero la idealización selectiva de Cuba, sin un reconocimiento claro de las causas que empujan a la emigración, termina siendo vista como un gesto insensible, especialmente en un momento en que el país atraviesa una de las peores crisis de su historia reciente.
Un debate que va más allá de Gustavito
El caso de Gustavito vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda:
¿Hasta qué punto es legítimo hablar de felicidad personal en Cuba sin contextualizar el sistema que la hizo imposible para tantos?
Para una parte importante del exilio, la respuesta es clara: la felicidad individual nunca puede separarse de la falta de libertad colectiva.





