Aunque luego de las “flexibilizaciones” anunciadas en 2017, por el canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, los empleados de la Marina Hemingway, en La Habana, esperaban y se habían preparado para la llegada de yates de cubanoamericanos, la cruda realidad se ha impuesto y en este 2018 no han arribado barcos.

El Moro, un marinero del muelle de la base náutica, comenta: “Ha entrado un solo yate, y lo metieron preso”.

“Era un coronel retirado que solo tenía cinco años viviendo en Estados Unidos y violó la ley que exige diez años para poder entrar. Lo soltaron y se fue. Después de eso, a la marina no ha entrado más ningún yate”, añadió.

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Mecánicos, personal de mantenimiento, trabajadores y custodios de los muelles, habían recibido capacitación para elevar la profesionalidad en su labor, sin embargo ahora no pueden poner la instrucción recibida en práctica, los clientes son inexistentes.

La Marina Hemingway tiene 400 torretas y para la ocasión se recuperaron 68, detalla un ejecutivo del puerto.

“Pero todavía tenemos problemas con la iluminación y conexión en muchas de ellas”, argumenta. “Esta es una tarea que sigue pendiente y no acaba de resolverse. Si hubiera resultado cierto, después de décadas de prohibición, una explosión de entrada de yates nos tendría en un aprieto”.

Otro entrevistado que trabaja en el muelle opina que las regulaciones son demasiadas, y los precios muy elevados.

“En el periódico Granma salieron las restricciones impuestas por la Aduana para los visitantes. Una dice que solo puede traer en el yate sus objetos personales. ¡Imagínate! Para eso mejor cogen un avión. También se regulan los contactos del visitante con el pueblo, otra locura, porque el que venga va querer salir con su familia y con sus amigos y algunos buscarse novias. Además, el costo del pie de muelle es una barbaridad, como el costo de la electricidad y el agua. Parece más bien una ley para que no vengan”, dijo.

“Todos creíamos que este enero iba a ser florido, con mucho trabajo y muchos CUC, pero nada. Si hay 20 barcos en toda la Marina es mucho, mayormente de Inglaterra, Canadá y Francia, que son los tres países de donde más vienen. Casi todos son gente que tienen negocios en Cuba, que llevan ya bastante tiempo anclados y son casi como cubanos porque ellos mismos se ‘hacen el barco’, no necesitan mecánicos porque de tanto anclaje han aprendido a arreglarlos y apenas interactúan con la gente del muelle”, explicó Roinel, un mecánico, acerca de las expectativas creadas.

Hasta el pueblo de Jaimanitas también creyó que la entrada de yates iba a cambiar sus monótonas vidas, y su entorno, expresó Eliecer, uno de los patrones de barco más viejos.

“Pensaban que regresarían los viejos tiempos, cuando se veían bajar de los barcos a aquellos americanos y caminar por Quinta Avenida y por las calles interiores del pueblo con sus grandes mochilas, dejando regalías y vida por donde pasaban. Pero se quedaron con las ganas. Aquí vino ese coronel despistado que lo ‘soplaron’ y después de eso todo ha sido tiempo muerto. Mucha perorata y preparación para cuando vinieran y ahora la pregunta es ¿dónde están?”.

(Con información de Diario de Cuba)